Es mediodía. Las alubias llevan dos horas cociendo a fuego lento. Les echo un vistazo. Allí están, a lo suyo, sin prisa; la morcilla y el chorizo negociando esencias con el lacón. Huele que alimenta.
Hoy me toca teletrabajo, así que me hago un work-life integration y, mientras curro―en los productivity reset―, voy preparando una fabada artesana, que a mi Juan y a mí el colesterol en vena nos pone brutotes.
Me suena el móvil. Es Sonsoles.
Miedo me da porque le ha durado el duelo por su Marcial medio telediario y va desbocada.
Anda en plan viuda prospectiva y, a la que avista bragueta con posibles, se pone en modo capitán Ahab: «¡Por allí resopla!», hiperactiva y más entusiasta que un gato con una madeja de lana. Pero a la vez la acogota el remordimiento, que treinta y siete años de castración sexual judeocristiana imprimen carácter; se flagela un poco, le entra el muermo y te mete unas chapas freudianas que ríete tú de los peces de colores.
―Almu, cielo, menos mal que te pillo. ¿Puedes hablar o te cojo mal?
«Pues sí, Sonsoles, cariño, me cogés… me rompés las pelotas», pienso y dejo que me salga la vena transatlántica, «sos como un grano en el orto».
―Sonso, reina, estoy currando. ¿Es muy urgente?
Qué tonta soy, claro que es acuciante; todo lo de Sonsoles lleva el marchamo de prioridad nacional. Seguro que el último divorciado que conoció por las redes le ha salido pocho y su desamor va a ser trending topic en el grupo de Adoratrices del CrossFit lo que queda de mes.
―Es un sátiro. ―Solloza; estudió en un colegio del Opus y no sabe decir cabrón―. Sigue liado con su secretaria; me lo ha soplado su ex, Margarita, toda una señora, más maja. Me quiero morir. Los tíos son lo peor. Ay, Almudena, qué suerte tienes con tu Juan, ese sí es un santo.
No te digo yo lo contrario, pero santo, santo… Di que lo llevamos mucho mejor los dos porque lo nuestro es amor a pico y pala desde el primer día, cuerpo a cuerpo, sin gigas de por medio ni los retoques de chapa y pintura que os hacéis con Photoshop; a pecho romano.
«Pero, Sonso, cariño, ¿qué quieres? ¿Qué queréis?», no lo verbalizo para no enredar más la conversación.
Sí, pienso en plural, es lo que me pide el cuerpo, porque todas viven en un cuento de hadas virtual, machacándose el body en lo de Joao; fuerza, movilidad y cardio para esa foto de perfil que las promocione en el catálogo de corazones de invernadero que es Tinder.
Allí echan las redes como lo que son: pescadoras del último sueño. Ludópatas sentimentales aceleradas como quinceañeras hiperhormonadas, esperando que el algoritmo les consiga un príncipe azul con poquita tripa y sin mochila —que ya es pedir milagros.
Pobres infelices, cazadoras de amores estabulados, que se ceban en el mentiroso engordadero del anonimato digital.
―¿Qué hago con mi vida, Almu?
Ordenarla un poco, reina, que después vienen los desengaños, los berrinches y las tarrinas de helado como penitencia. Y vuelta al gimnasio, a ver si Joao os presta un poco de cariño, aunque sea mercenario, Visa mediante.
―Qué desgraciada soy, Almudena, amor. No hay príncipes azules, todos son sapos con cuenta en Instagram. ¿Qué más puedo hacer para ser feliz?
Pues hazte un lifting, Sonsoles, reina, que es lo tuyo, o un lipofilling, y así vas de moderna; lo que te sobra de un sitio te lo pones en otro, que tú de culo vas flojilla, qué quieres que te diga.
Ay, Señor, qué lástima de grieta emocional. Donde esté el día a día cocido a fuego lento, como esta fabada mía, apetitosa y que engorda, que se quiten los algoritmos, el wifi y los corazones de invernadero.

