―Si del cielo te caen limones… Qué coño, no hagas limonada; tómate un güisqui y te cagas en la madre que parió al limonero.
Así es Cata: fuerte, sin complejos y con un par de ovarios como dos catedrales góticas. Nunca la verás quejarse ni lloriquear por algo. Qué quieres que te diga, yo de mayor quiero ser como ella.
Cata no es de CrossFit con sabor carioca; lo suyo es el Croissant mañanero y la cañita con algo que acompañe al mediodía.
―Almudena, pijo ―es murciana y el «pijo» es su muletilla racial, marchamo de calidad, denominación de origen―, págate unas cañas que te han tocado los ciegos. Javi, niño, estírate y pon una tapa con hueso.
Se pica con el camarero, que, para seguirle la broma, nos encaja un plato de olivas negras aliñadas. Luego, con la segunda ronda, se hace perdonar y trae unas patatas revolconas con torreznos.
A Cata tienen que hacerle una mamografía, porque el médico de cabecera le ha detectado un bultito en un pecho. «Nada preocupante», le adelantó, «pero para salir de dudas».
―Será cabrito. ―Pesca un torrezno con el tenedor y lo embadurna de puré revolcón―. Si no es nada, di que lo manda el protocolo, mamón, que suena más liviano y quedas como un señor, pero no me rayes la cabeza; si hay que llorar, que sea de risa, coño.
»Niño, ponme otra caña, que me tienes a palo seco. La culpa es mía por dejarme tocar las tetas por extraños.
Esa es Cata, ni un mal gesto, ni media lágrima. Yo, en su lugar, estaría estresada entera, pero ella, ahí la tienes, tan campante, poniéndose ciega a cañas.
Al final no será nada, pero hay que ver lo bien puestos que los tiene, la tía.
―Es que en casa somos muy refractarios a la cosa médica. ―Nos explica mientras rebaña la cazuela con un mendrugo de pan―. A mi Mario, cuando pasó la revisión, le dijeron que debía hacerse cinco o seis kilómetros todos los días para rebajar el colesterol. Coño, con la punta del tirabeque se los hace, que es taxista.
»Lo de la sangre gorda le viene de familia, que su madre era de hueso grande y su padre corniveleto ―y se ríe, con una carcajada limpia, visceral―; o será por el estrés, digo yo, que de eso andamos todos servidos; no tienes más que ver el telediario para que se te revengan los adentros, que hasta ganas de llorar te dan.
Cata, qué fuerte. Le achica los espacios al canguelo con un entusiasmo que contagia. Hay personas que te chupan la energía; Cata te la inyecta en vena. Es la que más edad tiene de todas, pero no la más vieja.
Un tío grande, con barriga cervecera y cara de buena gente, se acerca a la mesa. Lleva una camiseta negra de «Metallica», tres décadas de talla más pequeña y pantalones cargo de camuflaje.
―Buenos días, guapas ―saluda mientras acude con un beso al reclamo que Cata le insinúa con la mejilla―. Venga, estiraos con una cañita rápida, que tengo el taxi en doble fila.
Javi se adelanta a la comanda y viene con otra ronda de cañas y unas quisquillas.
—Cata, tengo que doblar turno, cari —se aflige Mario tras apurar de un trago la mitad de su caña―, que Anselmo está otra vez con la ciática, pero paso por casa a comer, aunque sea de pie. A las siete, como muy tarde, cierro.
Ella, que le ha pelado una quisquilla y se la pone en la boca, asiente en silencio. Se limpia los dedos con una servilleta de papel y frunce el ceño. Él apura la cerveza, mira hacia la calle y agita las manos en señal de despedida.
―No te canses demasiado ―le advierte Cata―, que hoy los chicos se van de concierto y tenemos la casa para nosotros solos, pirata ―remacha con una sonora palmada en el culo de su marido.
Mario sonríe pícaro y se vuelve al taxi, no sea que pasen los pitufos y le pongan una multa que le amargue el día.
Sonsoles, que no ha probado las patatas revolconas porque su dietista le ha dicho que la fécula es malísima para la celulitis, pela una quisquilla con la morosidad de un condenado a muerte en su última cena.
―Cata, eres más basta que un bocadillo de lija, cariño. ―Y muerde la gambita con una languidez que pretende ser elegante, como si la dentellada tuviera destinataria y formase parte de una ceremonia vudú estilo Versace, pero de mercadillo.
Y así, entre unas cosas y otras, se nos echa encima la hora de coger a los críos del colegio, la clase de spinning o acercarse a la pelu de Marga. «A ver si me pongo mechas para esta tarde», va preparando Cata la logística porque, acuérdate, tienen la casa para ellos solos, no hay protocolo médico que la pare y, oye, por si las dudas.

