Pues así, en conjunto y dependiendo del día, qué quieres, no me veo tan mal; quien más, quien menos echa algo de tripilla a partir de los cuarenta, salvo esas que solo viven para cuidarse el cuerpo, que, si lo miras, son cuatro mal contadas.
Fe de erratas: Donde dice «A partir del día uno me pongo a dieta», debe decir «El día menos pensado me pongo a dieta».
La que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Todas, alguna vez —qué digo alguna, muchas, muchas veces—, hemos metido la pata, se nos ha ido la mano, echado un borrón. Hija, errar es de humanos, ya lo dijo no sé quién, y eso es lo que nos hace mejores. Funciona como el principio de acción-reacción darwiniano; lo que supone un retroceso vital, el error, nos impulsa hacia adelante, aporte de experiencia.
¡Dios, qué intensa me pongo con una tableta de chocolate en la mano.
Ay, pero no te engañes, Almudena, mírate, mujer. ¿Qué fue de aquella cintura estrecha, el vientre plano, las caderas poderosas…? Mira, eso es lo único que ha progresado, porque cartucheras y culo te sobran. ¿Y aquellas tetas firmes, que miraban al frente exigiendo su lugar en el mundo? Aunque tampoco las tienes caídas, no te fustigues; si acaso un pelín cabizbajas, reflexivas, como si dijéramos, nada más.
A partir de cierta edad, los protocolos médicos deberían proscribir los espejos porque aumentan el nivel de autocrítica en la misma medida que el chorizo y la sobrasada lo hacen con el colesterol en sangre.
La Prudi ―ni se te ocurra llamarla por su nombre de pila, Prudencia, porque te saca los ojos―, se empeña en meterme con ellas al grupo de fitness que lleva Joao, el brasilero macizo que las pastorea: «Para juntar la media docena, que es un número más redondo», dicen; para mí que les da algún tipo de incentivo con cada nueva captación..
―¿Y tú qué opinas? ―le pregunto a mi Juan, por aquello de que cuatro ojos ven más que dos, no como protocolo de autorización, que en mi casa somos muy de autodeterminarnos en lo personal.
―No sé qué decirte ―responde a la vez que me pellizca el culo como marcando territorio―. ¿Y el moreno ese está muy macizo?
―Eso dicen esas ―respondo con un guiño coqueto para encelarlo―; pero ya sabes que tú siempre serás mi baby.
A él se le notan los cocidos más que a mí, pero lo del vientre plano dejó de preocuparle hace tiempo y, qué quieres que te diga, me gusta así, con esa vetita de grasa, como los buenos jamones.
Me lo presentó una amiga en las fiestas de Alcorisa. Iba con un puntito gracioso, pero no borracho; lo pasamos bien. Llevaba unos vaqueros gastados que le hacían buen culo, estaba macizo y olía a Hugo Boss. Nos reímos mucho; el garrafón ayudó lo suyo, una cosa llevó a la otra y, oye, hasta ahora, quince años. Y tan ricamente, sin fe de erratas, como mucho algún tachón.
Son las ocho de la mañana, llevo media hora untando de mantequilla la tostada, perdida en mi mundo, haciendo tiempo a que las neuronas vayan llegando a sus puestos de trabajo; necesito una ducha y un café o viceversa, esto es como lo de la propiedad conmutativa: el orden de los elementos no altera el resultado.
La chicharra del móvil llama mi atención sin sacarme del torpor; le he puesto la alarma para que no se me pase el tiempo y me den las uvas. Lo veo estremecerse al compás de la vibración y eso me recuerda que debo ponerle pilas nuevas a Mbappé. ―Ya os conté la otra vez el affaire que tengo con mi juguetito de la alegría.
A ver, que con mi Juan vamos bien; no al ritmo de hace unos años, que el tiempo desgasta, pero, qué sé yo, dentro de la media. Lo de Mbappé es para darle guarradilla al tema y mi chico está al corriente, que no hay secretos entre nosotros; hasta algún trío nos hemos montado. En fin, como todas, digo yo.
No sé, a veces pienso que hay una línea muy fina entre lo que consideramos existencia normal y conformismo adquirido. Quizás tenemos una tendencia excesiva a domesticar nuestros sueños demasiado pronto. Si al final de la vida, en nuestra necrológica, viniera una lista de ilusiones rotas a modo de fe de erratas, daría como para unos cuantos tomos de enciclopedia.
¡Joder con la intensidad! ¿Qué tendrá el cacao?
Venga, va, en serio, algo tengo que hacer: pelín menos de tripa, tono muscular y cincelar caderas; con eso me apaño; si hay que engancharse a la elíptica, me engancho porque, otra cosa te digo, definitivamente, yo a dieta no me pongo, que en casa somos de morrico fino y prefiero sudar el sebo en lo de Joao.
¡Ay, Señor, qué lástima!
Seguro que mi Juan está de acuerdo conmigo, porque sabe que si me pongo a plan le voy a exigir solidaridad y para él la transustanciación se materializa en un torrezno.
Mi Juan, qué máquina, porque la verdadera fe de erratas no son la tripa, ni las cartucheras, sino todo lo que vamos tachando por vértigo. Donde decimos «Esto no es para mí», debería decir «Me da miedo intentarlo».
Lo demás es grasa y ―¡qué grande, mi Juancho!―, la grasa, con más o menos dignidad, se suda.

