Querida Amelia.
Parece que fue ayer; cómo pasa el tiempo. Sí, ya sé que tienes motivos para quejarte, pero, hija, es que esto es un no parar, no me da la muerte, y mira que es para toda la eternidad, pero, lo reconozco, te tengo un poco desasistida. Perdóname, corazón, pero no veas qué follón.
Todo empezó por un problema surgido en la Seguridad Social Celestial con un desfase de fechas detectado en la vida laboral de mi amigo Jesús.
Viene a resultar que tiene dos nombres: el Yeshua primitivo y el Emmanuel profético, que es el que utiliza su madre cuando lo llama a capítulo, eso que hacen todas las del universo cuando pillan a sus hijos en un renuncio. «¡Ricardo María, ven aquí ahora mismo! ¿Sara Concepción, cuelga el teléfono, pero ya! ¡Agustín José, de esto se va a enterar tu padre!»; en fin, ya sabes a qué me refiero.
El caso es que entre el Yeshua y el Emmanuel, por aquello de la dualidad administrativa, se le han despistado un montón de siglos de cotización y eso, de cara a futuros subsidios, puede tener repercusiones económicas graves.
Magda, su churri, le estuvo comiendo la oreja para que presentase una demanda ―para estas cosas, como para casi todo, las mujeres sois más listas que los tíos―, y tras el papeleo correspondiente, a Yeshua le han reconocido la antigüedad en el sistema, lo que, en cash, le supone un pico de pasta. Bueno, pues no te imaginas la que se ha montado.
Empezó con Pedro, el que se encarga de la seguridad aquí, en el Edén, diciendo que a él, de cuna, lo llamaban Simón y que o todos moros o todos cristianos, no fuera que por ser el hijo del jefe se quisieran hacer distingos. Pues oye, se miró en los archivos y, coño, tenía razón, de manera que con la tontería se fueron animando otros.
San Francisco de Asís adujo que él, de suyo, se llamaba Giovanni di Pietro Bernardone, que lo de «Francesco» fue una tontuna de su padre, que le hacía gracia tomarle el pelo con su afición a todo lo que venía de Francia.
Como el de Asís se dedicó en su día a predicar a los pájaros ―que no es muy de estar sano, seamos sinceros―, y además domó al lobo de Gubbio, las ventanillas del ministerio se llenaron de antiguos domadores de circo diciendo que ellos también tenían dos nombres, el artístico y el de familia, y por si un aquel, también reclamaban posibles estropicios en el cómputo de sus vidas laborales. Un sindiós, Amelia, un sindiós.
Pero ahí no quedó la cosa, porque animada por la polémica y por un conocido suyo de Nueva Deli, que es abogado, Anjezë Gonxhe Bojaxhiu también se animó a reclamar, pues: «Lo de Santa Teresa de Calcuta también podía considerarse como un seudónimo», dijo.
En fin, para no agobiarte, que ya metidos en harina se nos vino encima una avalancha de solicitudes del copón, porque no puedes hacerte una idea, la de santos que se cambiaron de nombre por aquello de hacer méritos: Aurelius Augustinus, que se dio en llamar Agustín de Hipona; Íñigo López, más conocido como Ignacio de Loyola; Francesco Forgione, que todo el mundo conoce como Padre Pío. Y eso sin meter en el saco a todos los papas, que más de uno hay poco recomendable, ni a próceres bíblicos de la talla de Jacob, sin ir más lejos, también conocido como Israel, o el mismísimo CEO de la cristiandad, Saulo de Tarso, esto es, San Pablo.
Así estamos en el ministerio, con un marrón del carajo, agobiados y hasta el culo de papeleo. Entiende que con semejante putain de merde, no hay quien saque tiempo para nada, mi vida, hazte cargo.
Que te quiero, Amelia, lo sabes, pero las cosas están así de chungas. A ver si me quito algo de curro y bajo a darte un achuchón, que ya va siendo tiempo de que tengamos un vis a vis.
Cuídate mucho. Te dejo, mi cielo, que me acaba de entrar otro expediente; este es de un tal San Andrés Kim Taegon y dice que en su Corea natal lo llamaban Kim Jeong-ho.
P’a no echar gota, cariño, p’a no echar gota.

