―Azucena, cariño, abre la puerta, no lo estropees, mujer, que ha sido una semana muy bonita, lo hemos pasado en grande y ahora, por un capricho… Con la ilusión que nos hacía este viaje: sol, playa, mojitos. Mi vida, no seas terca.
»Aquí, conmigo, está el gerente del hotel, que es un señor muy amable, y dice que no nos lo podemos llevar, es casi como si fuera su hijo, pero haciendo una excepción, nos regala los albornoces, amor mío. ¿Ves que son buena gente? No podemos hacerles esto.
»Sí, ya sé que con esos ojitos tan tiernos y esa mirada dulce, parece que está pidiendo que lo adoptes, pero, si te fijas bien, todos son iguales, es su cara, no lo pueden evitar. ¡No seas así, mujer! Además, ha venido una joven que trae papeles y demuestra que es suyo. Anda, entra en razón y abre la puerta, sé juiciosa, cariño, que es nuestro último día en Punta Cana y tampoco es cosa de dar la nota. Con lo bien que nos han tratado en este resort.
»Yo te prometo que en cuanto lleguemos a Madrid te consigo otro igualito; a falta que no los hay, a patadas, pero no te obceques, corazón, lo que quieres es imposible: no lo podemos llevar a casa; que te haya recibido dando saltitos y meneando el rabo ilusiona mucho, lo comprendo, pero no quiere decir nada, es su forma de ser, lo hacen siempre. Aunque piensa que nuestro piso es pequeño y él grandote, ocupa lo suyo; tú me dirás dónde lo metemos.
»¡Basta, Azucena, se acabó la tontería, que vamos a perder el vuelo! Esta gente lleva razón: el masajista mulato, no entra en el paquete «todo incluido». Abre la puerta y deja salir a Rodolfo. Tengamos la fiesta en paz.

