Querida Amelia.
¿Tú estás bien? Espero que sí. Yo ando flojo, me pesa el alma, y fíjate que aquí, en el Más Allá, lo único que nos hemos traído de la otra vida es lo espiritual; de manera que puedes hacerte una idea de cómo me siento: fatal. No sé, quizás sea una especie de gripe metafísica; con este tiempo todo es posible.
Anoche estuve con Yeshua y los chicos en «El 69»; en esta época del año están todos de bajona, como yo, en un valle que transita entre las vísperas recientes de la Navidad y las témporas cercanas de la Cuaresma. Un muermo colectivo.
En mi caso puede que tenga algo que ver la literatura de Han Kang ―hasta aquí también llega el largo brazo marketiniano del Nobel―; después de leer «La vegetariana», los entresijos viscerales han proyectado su esencia de rizoma por mi andamiaje filosófico tripas arriba y, Amelia, cariño, ya sabes lo plúmbeo que se vuelve mi existencialismo cuando me pongo intenso.
Un decir, para que me entiendas. ¿Sabemos si la eternidad es para siempre o, quizás, hay un punto en que se desvanece muellemente para integrarse en la nada? ¿Somos conscientes del contrato de vida que tenemos suscrito? ¿De verdad nos hemos leído todo el tocho?
Porque aquí, por mucho que nos lo vendan de colores y en cinemascope, extramuros del Edén, sigue habiendo barrios marginales, con sumideros atascados, basura en las calles y ratas que se cuelan por las alcantarillas; mientras que en la zona residencial, la parte noble, disfrutan la muerte como príncipes los que en vida fueron villanos con posibles, chorizos documentados, gente de orden con unas reglas propias, que inclinan el terreno de juego en su propio beneficio.
El «Paraíso Resort» está hasta las trancas de pecadores con pedigrí; Epstein, sin ir más lejos, tiene una planta en el ático para él solo, donde un ir y venir de ángeles, serafines, virtudes y dominaciones, axesuados o no, hacen del laissez-faire una consigna. Como lo oyes. Pero no te espantes, que esto viene de antiguo: «Así en la tierra como en el cielo», teología concentrada.
¿Dónde quedaron el rico, el camello y, sobre todo, el ojo de una aguja como fielato de las cargas culposas?, puede que te preguntes con una media sonrisa borde, tú, que eres más atea que un altar en un trastero. Respuesta: En el juego añejo de los comodines. La letra pequeña. Eso que nadie lee. Ahí van unos pocos ejemplos, para que te hagas una idea.
El arrepentimiento exprés, para empezar por algo.
No importa que hayas sido un canalla cum laude, un malo protagonista, hijoputa de manual, porque si en el último suspiro te arrepientes «de corazón», el contador vuelve a cero. Dimas, el buen ladrón en la cruz. Un delincuente con suerte, que llega tarde, no cotiza y entra a la gloria por la puerta grande. Mejor pecar con reiteración que morir sin disculparse.
La intención vale más que el acto, otro clásico.
No es relevante lo que hiciste, sino por qué lo hiciste. Si la intención fue «buena», el daño se vuelve colateral, casi metafísico; siempre pueden alegarse causas superiores: bien común, estabilidad, orden, Dios mismo… La explotación de los débiles, las guerras, cualquiera de ellas, los genocidios, están cargados de «buenas intenciones».
Los intermediarios con poderes, gestores de la teocracia.
Curas, confesores, sacramentos. Tú no negocias directamente con Dios, usas habilitados humanos, con agenda, jerarquía y tendencia a proteger a los suyos. El pecado individual se puede diluir si pertenece a una estructura respetable.
Y la última, para no aburrirte: Santa ignorancia.
No sabías que estaba mal, ergo la cagada no cuenta. Si no te explicaron bien la norma, el alma queda en stand by. Dios es justo, pero muy comprensivo con las intermitencias de wifi moral.
Ay, Amelia, corazón, qué melancólico y porculero es febrero. ¡Coño, hasta rima! Menos mal que dura poco.
En fin, que ya ves cómo ando de moral, hecho unos zorros, y cuando estoy así no soy yo, puro gruñido, nada me parece bien. Se me pasará, seguro, no es la primera vez, qué te voy a contar. Así que no te doy más la chapa; bastante tienes.
Cuídate, mi vida, y disfruta. Peca lo justo ―tampoco te me vengas arriba, que te conozco y eres de braga floja―, pero si se te va la mano, tira de la letra pequeña, eso que nadie lee, pero saca de apuros, y a quien Dios se la dé…
Este que te quiere.

