Apuró de un trago el culo de ginebra que le quedaba al vaso, poniéndolo de nuevo sobre el mostrador con un golpe seco, exigente, destinado a llamar la atención del viejo camarero, que acusó recibo con una mueca triste de hastío.
―Ya está bien por hoy, Goya ―dijo sin convencimiento, casi por obligación, mientras volvía a rellenárselo con desgana. Ella deslizó su dedo en una caricia circular por el borde del vaso.
La noche estaba floja; los raídos sofás de terciopelo rojo permanecían vacíos; las otras dejaban pasar el tiempo en silencio, con una rutina de funcionario, cada una encerrada en su espacio, como entes aislados, sin levantar la barrera. La Rusa trataba de negociar un servicio con un tipo rechoncho, medio calvo, con gafas de gruesos cristales, más interesado en manosear la mercancía que en cerrar el trato.
«Hoy mi playa se viste de amargura, porque tu barca tiene que partir». Es la voz de Julio Jaramillo, que habla de ausencias, desamor y duelo ―el bolero en su esencia más pura―, mientras rellena los huecos de una penumbra de atrezo que nunca ha sido cómplice.
Goya juguetea con el vaso antes de llevárselo a los labios. El trago, largo, se desliza por su garganta moroso, abrasador, como un magma purificante. Su barca partió hace mucho, demasiado, tanto que apenas es un borrón en el horizonte brumoso de la memoria. Y ella quedó atrapada en esa playa triste a la que ya ni siquiera llegan las olas.
El tipo rechoncho y medio calvo mira a un lado y al otro, desconcertado. Sus ojillos miopes buscan entre las sombras una respuesta a la espantada de la Rusa que, cansada de exponer el género, se ha perdido en la media luz del antro, quizá buscando al gato de porcelana tanguero, que ni maúlla, ni toca, ni reclama amores torcidos. Pero este es territorio de bolero.
«Reloj, no marques las horas, porque voy a enloquecer». Ahora el mensajero de la nostalgia es Lucho Gatica. Pero en el Albatross ―buen rótulo para lucir en el frontispicio de un burdel; un ave en exilio permanente, que no lucha contra el viento: negocia con él―, el tic, tac del reloj solo marca el ritmo de la decadencia, como un metrónomo cruel que se ensaña con el enlucido de las paredes y deja surcos en la piel.
Cuando ya se apagaron los rescoldos de la esperanza, solo queda la muerte como refugio y Goya se la va bebiendo, gota a gota, en cada vaso de ginebra. Ya poco importa, solo ser intangible hasta sentirse olvido; acudir a la cita redentora con la nada.
«Si tú me dices ven, lo dejo todo», murmura con un quejido sordo, visceral, entre dientes; luego, apura el trago sin sentirlo y busca, una vez más, con un golpe seco sobre el mostrador, la complicidad cansada del viejo camarero.

