La Prudi tiene problemas ectoplásmicos en sus redes sociales ―ya sabes que llamarla Prudencia, que es como la cristianaron, puede causarte serios problemas―; sufre de apariciones teosóficas. Un novio de hace años lleva unos días pidiéndole amistad por Facebook con una insistencia de fraile mendicante y ella, que en el fondo tiende a limosnera, no sabe qué hacer.
―Ay, Almudena, cielo, estoy en un brete. ¿Tú qué piensas? Es que parece rocosa, con ese pelo teñido de rojo pasión, los leggins de combate ―que lleva con mucho decoro pese a sus cuarenta y alguno, todo sea dicho―, y las proclamas feministas con que alimenta nuestro empoderamiento grupal, pero en el fondo es dulce y mullida, pero solo por dentro.
―¿A quién estáis pelando, brujas? ―se une Marisa al grupo.
Viene de la barra con su café con leche de soja, corto, en una mano y un platillo con dos churros en la otra; que dentro de un mes se casa la hija de una prima en El Burgo de Osma y se ha puesto a plan, para ver si entra en el vestido que se hizo el año pasado cuando la de su hermana.
―¿Tú te acuerdas de Claudio? ―responde Prudi. Son de la misma quinta y amigas de toda la vida.
―No me voy a acordar, menudo cabronazo, anda que no te lo hizo pasar mal; ahora que gracias a él sigues soltera, sea lo uno por lo otro ―se despacha Marisa mientras remoja un churro en el café.
Yo no sé qué tendrá esta mujer contra el matrimonio porque su Paco es un bendito; bueno, lo parece, que vete a saber. La gente engaña mucho.
―Ese mismo, fíjate, después de tantos años va y me pide amistad en Facebook. ¿Tú cómo lo ves? Pero si ya ni me acuerdo de su cara.
Marisa niega con la cabeza porque tiene la boca ocupada con el churro y ella es muy de cuidar las buenas maneras.
―Fatal. A ese le han puesto las maletas en el descansillo, está en plena crisis de identidad y anda como loco por volver al mercado. Dale puerta.
O le quiere vender una Thermomix, no te jode. Marisa eso de la misandria lo lleva por el libro y se monta unas películas de lo más imaginativas.
―No le hagas caso a esta, Prudi, reina, que ha debido pasar la noche en Mordor ―intento trivializar el asunto―. Depende de ti, cariño, y si no te quieres quedar con la duda, dile que sí, a ver qué pasa. Siempre puedes bloquearlo luego.
Lo cierto es que me pica la curiosidad: un novio que retorna desde el más allá puede dar mucho de sí; tenemos tema de tertulia para días.
―¿Verdad que sí, Almu? A lo mejor lo único que quiere es saludar, hija, Marisa, que tú te pones en unas cosas que…
Ay, corazón, a ti también te pica ―la curiosidad, digo―, y lo vas a hacer, le vas a dar cuartelillo, porque el jueguecito te provoca morbo, perraca, que eres una perraca. Pero tampoco quiero ser yo quien te dé el empujón, no vaya a ser que luego salgan las cosas por peteneras.
―Prudi, no sé qué decirte; yo tuve un noviete, sí, pero poco consistente, sin pretensiones, ya sabes, amigo con derechos, que se dice ahora; novio con fundamento, en serio, solo a mi Juan. Así que poco sé de resucitar a los muertos.
Eso de que la busque por Facebook, que para los modernos es un cementerio de elefantes, ya dice mucho de su huella de carbono ―más que huella, escombrera―, pero quién soy yo.
―Ni caso, tía, te vas a llevar un chasco; pero si es un boomer, coño ―Marisa coincide conmigo en el nivel de digitalización que desarrolla el pavo―. Seguro que ha echado tripa y es calvo.
―Tampoco quiero que piense que soy rencorosa, oye ―reflexiona Prudi sin prestar demasiada atención―; mira tú qué me importa ya Claudio, aunque, por otra parte, sí que fue muy borde, tienes razón, Marisa.
Le da un mordisco al pan tostado y una gota de aceite se le escurre por la comisura de los labios, como una lágrima grasienta y mal ubicada. Está nerviosa; parece agobiada, indecisa. Esta no es mi Prudi.
»Al final me está complicando la vida el capullo ese. ¿Qué hago?
No está bien que los muertos se manifiesten por las redes, y menos los exnovios fuleros con crisis de identidad, esos menos que ninguno porque los carga el diablo.

