Lo de Cata, como era de prever, ha quedado en falsa alarma: un quiste sin importancia. Mario y ella han decidido tomarse una semana de vacaciones para celebrarlo, así que el taxi lo gestionará Anselmo a tiempo completo.
Cata habría querido escaparse a Canadá y ver las cataratas del Niágara, pero a falta de presupuesto y tras negociarlo con Mario, se conforma con ir a Beteta, en la provincia de Cuenca, que tiene una riqueza paisajística enorme y, a tres pasos, otro salto de agua muy apañado; además, se come mucho mejor.
―Ay, Almu, cariño, no sé qué ropa llevar. Zapato plano, por si hay que andar mucho, eso sí. ¿Cómo me queda esta falda pantalón? La he cogido en Shein. ¿Me hace gorda? ¿Refrescará por la noche?
Pobre, llevan tantos años sin hacer un viaje los dos solos, que está nerviosa como una novia en capilla.
—Qué te va a hacer gorda, Cata, no seas boba; estás divina.
A ver, que ya no tiene cinturita de avispa, para qué vamos a decir lo contrario, pero se conserva estupendamente y sin machacarse en el gimnasio, como estas locas.
―Almudena, me quiero morir, qué desastre.
Hablando del diablo, se nos aparecen los demonios.
―Pero qué pecado tan gordo habré cometido yo para que el karma me pegue estos meneos tan salvajes. Te lo juro, esto es un sinvivir.
Para Sonsoles, la vida es una representación teatral y ella la prima donna.
―Venga, Sonso, no exageres, pobre muchacho, que un gatillazo lo puede tener cualquiera; serían los nervios, el alcohol, la ansiedad misma.
El naciente idilio que se le presentaba con Ernesto, uno que sacó del revoltijo de galanes que había en el cesto de las rebajas en Tinder, devino en desastre al primer envite, porque a él se le cayó el sombrajo en el momento clave.
―Que no, Almu, que soy yo. Me ha mirado un tuerto, que digo uno, un congreso de estrábicos. Mira, esto no se lo cuentes a nadie, por favor te lo pido, pero he ido a que me echen las cartas y Maruja lo ha clavado.
La tal Maruja tiene un estanco en el barrio y, además, se saca un suplemento embaucando a las pánfilas como Sonsoles con sus brujerías de trampantojo.
―Me tiró la cruz de San Andrés, que acierta mucho en cosas de amores, y mira, allí salí yo, a la primera: el comodín.
―En la baraja del tarot no hay comodines, Sonso, cielo ―la pobre, a pesar de la pasta que tiene, está muy poco viajada.
―Que sí, el payaso ese con gorrito de cascabeles. Me lo vas a decir tú a mí.
Terca como una mula, de las que no se deja corregir; nunca da su brazo a torcer.
―Ese es el Loco, Sonsoles; a ver, que si ni tú misma te lo tomas en serio…
―Vale, lo que tú digas, el Loco; la loca del coño, esa soy yo, que me lo dijo Maruja señalando la carta. «Aquí estás tú, empezando algo que no sabes muy bien qué es. Luego sale el dos de copas, eso es que él también está por la labor, y tú quieres que esto funcione, lo dice la carta del Sol, pero se interpone el siete de espadas; algo te está siendo ocultado y, para rematar, la Luna, no es un final, es una niebla; que no se ve claro, vaya».
La verdad es que Maruja se quedó a gusto; lo mismo podía habérselo dicho yo gratis.
―Siguió echando cartas y salieron un montón: que si venían noticias; un hombre moreno iba a aparecer en mi vida; un viaje. Todas, hasta el as de oros, que puñetera falta hacía, pero Almudena, hija, ni sombra del de bastos. ¿Qué hago?
Pues no sé, Sonsoles, reina, pero yo, cuando ando necesitada y no tengo a mi Juan a mano, me hago un Mbappé. Por cierto, que he visto un catálogo y ahora, además de vibración, tienen función calor y están hechos con elastómeros termoplásticos, que dan un tacto de lo más real. Un lujo. Lo último en tecnología onanista.
―Pues a mí me parece que me hace gorda, ya ves tú.
―Que no, Cata, por Dios, que estás de miedo.
―Oye, Almu, ¿y eso te lo traen los de Amazon? Es que son muy discretos.
Loca, me vais a volver loca entre todas.
Qué ganas tengo de que se pase la primavera.
¡Señor, qué estrés!

