A ver, que yo no soy quién y tampoco quiero meterme en jardines ajenos, pero lo de Paquita tiene tela, ya te digo; aunque, si te paras a pensar, no nos engañemos, ella siempre parece que va buscando los tres pies al gato del amor.
―Pero es que está tan bueno, Almu, cariño ―se le inflama el pecho y pone los ojos en blanco―. Lo conocí esta Semana Santa en las casetas de la feria de artesanía de Recoletos. «Pero qué hipster más chulazo», pensé: moreno, pelo cuidadosamente revuelto, lo mismo que la barba; gafas de pasta, tirantes, pantalones de sarga, botas de cuero gastado. Para mojar pan, Almudena, para mojar pan. Se llama Daniel.
Siempre ha sido muy enamoradiza, las cosas como son; pero con mal ojo, mira tú, para los tíos, nunca le terminan de cuajar las relaciones. Una pena, porque la muchacha tiene buen fondo.
―Un amor, te lo juro: amable, educado, buen mozo; pero, hija ―ya salió el «pero»―, se ha quedado enganchado en el apagón analógico. El típico hipster radical, vamos, de los que todavía escriben las cartas a mano y con pluma, un insumiso digital, para que me entiendas. Lástima, con lo mono que es.
Pues sí que suena a problema, sí, pobre Paquita, aunque tampoco harían tan mala pareja, que ella siempre ha tirado un poquito a galdosiana.
―Pues mejor así, Paqui, mi niña; te lo calzas y cuando te canses, si te he visto no me acuerdo ―Marisa no deja pasar la ocasión de mostrarse contraria a cualquier vínculo de pareja―; como no tiene móvil, te evitas tenerlo colgado en la chepa husmeando en tus redes sociales.
Considera a los hombres objetos de un solo uso, como los clínex. Malas lenguas aseguran que Paco, su marido, tiene un lío, ya veterano, con su secretaria, una curvy rubia a la que llaman Lilí.
Con tal de que siga entrando pasta gansa en casa, a Marisa se la suda lo que haga Paco con sus gónadas; pero por si las moscas y para mantener el equilibrio en la pareja, lleva tiempo tratando de hacérselo con Joao, el monitor mazas del gimnasio que pastorea el rebaño de las CrossFit. El brasilero, que es especialista en MILFs con VISA platino, está despejando agenda para hacerle un hueco.
―Vive en una comunidad rural autosuficiente, en un pueblo de la Sierra de Albarracín, Valdelumbre se llama el sitio. Solo hay un teléfono en la casa comunal; tienen luz y agua corriente, eso sí, pero ahí se termina cualquier contacto con la civilización.
Para mí que esos no son hipsters; yo diría que tiran a amish, pobre Paquita, con lo ilusionada que se la ve.
―Y como no tiene móvil, ni tablet, ni nada que se le parezca, tenemos que festejar por correspondencia, que aun si fuera por WhatsApp podríamos hacer sexting, pero por carta como que pierde la erótica, ¿no os parece?
―Pues móntatelo con el cartero, reina, que están todos cachas, con el trajín que llevan, todo el día de aquí para allá tirando del carrito ―Marisa siempre tan pragmática, ella― y es más divertido.
―Ay, no sé. ―¿Por qué me tienen que tocar a mí los novios raros, Señor? ―clama Paquita con los brazos en alto, como si del cielo tuviera que venirle la respuesta―. Un móvil, solo que tuviera un móvil, no pido más, que yo en las relaciones íntimas siempre he sido muy de lo digital; lo analógico me da mal rollo, lo intenté una vez y no hubo forma, oye.
―El cartero, Paquita, amor, hazme caso, que más vale pájaro en mano.
Y en esas se nos pasa el tiempo, dándole vueltas a la noria sentimental de Paquita y buscándole sentido al trampantojo del cartero.
Yo no quiero opinar, que luego te meten en un charco y a ver cómo sales, pero en esto le doy la razón a Marisa ―lo del pájaro en mano, digo―, que a nuestra edad no estamos para romances epistolares y, oye, se puede ser hipster y montártelo en plan vintage, pero con Netflix y Spotify, que lo cortés no quita lo valiente.

