Y no será porque no se lo advertí: «Juan, vamos a lo seguro, no hay necesidad de arriesgar, lo de todos los años, cariño, que tu ecosistema es el chiringuito, con tu jarrita de cerveza, El Marca y la tapita de boquerones, mientras que yo, así, tan ricamente en mi toalla, con el Woman de este mes, tostadita, vuelta y vuelta, estoy divinamente, como una reina. No innovemos, mi amor».
Nada, como el que oye llover; y es que mi Juan otra cosa no, que es un pan bendito, pero cabezón como él solo. Mira tú qué tiene de malo seguir el ritual de todos los años, la playita de siempre, con sus sombrillas, sus neveritas de hielo, los niños rebozaditos en arena… tradición, Juan, vida mía, tradición.
«Tenemos que socializar más, Almudena», dijiste mientras se te iban los ojos detrás del culo de Gretta, a ver si te crees que soy tonta, que ella habrá nacido en la Selva Negra, pero yo soy de Bujaraloz, en pleno desierto de Los Monegros y eso, además de imprimir carácter, espabila una barbaridad.
Muy europea la parejita alemana, ya te digo. Él, hermoso y rubio, como la cerveza, con el coloradote cangrejero habitual en los guiris, agradable, aunque poco hablador. Ella es más locuaz, monilla de cara, caderas poderosas y un canalillo tetero a lo Oktoberfest, que os hace bizquear.
«Qué cosas tienes, Almu, cariño, si tú le das cien vueltas». Pues eso, que no se te olvide. Pero claro, como ellos son tan modernos y hacen nudismo…
Como platos de Talavera se te pusieron los ojos cuando nos invitaron a compartir la experiencia.
«¿Estás seguro de que nos pongamos en bolas?» ―recuerda que te lo pregunté, luego a solas, en la habitación del hotel, después de la ducha―. «Te lo advierto, luego no me vengas con tonterías que te conozco; tú eres más celoso que un inspector de hacienda con una herencia y yo en pelotas gano mucho». «Pues anda que yo», te chuleaste tirando la toalla al suelo mientras hacías el molinillo.
Y aquí estamos, como Dios nos trajo al mundo, esperando a nuestros amigos alemanes, que ya vienen con retraso, para que luego hablen de la formalidad teutónica de los cojones. Mira, por allí llegan.
Pues sí, ella es mona, no te lo voy a negar, tiene buen cuerpo, pero las tetas caídas y el culo con celulitis; es lo que tienen los leggins, engañan mucho, hijo, qué quieres; Los Monegros salen ganando, lo que yo te diga. Y él, pues eso, muy alto, le queda bien la melenita rubia, está fuertote, aunque con algo de tripilla y… ¡Madre del amor hermoso, pero eso qué es! No mires, Juan, que nos han subido la hipoteca y, como te dé trauma, no nos llega para sicólogos. Eso sí es un péndulo y no el de París.
¿Qué dices de prótesis, cariño? No sé yo, no parece. ¿Cómo, que refresca? Lo mismo sí, porque se te ha encogido el molinillo. ¿Quieres que nos vayamos? Pues qué lata, porque yo estoy divinamente, corazón, y menudas vistas. Joder con las prisas.
¿Ves? Si ya te lo decía yo, no hay que arriesgar, que estas cosas las carga el diablo.
Y mañana al chiringuito, di que sí, rey mío.
¡Ay, si te conoceré yo!

