¿Quién lleva la cuenta de los besos robados? ¿Cómo se peritan los abrazos perdidos, los cumpleaños falsos, el amor subsidiario?
Hoy el cielo llora, no ha dejado de hacerlo desde el sesenta y siete, cuando el verano, pillado en vergüenza, se arrugó medroso, agazapado en la negrura de un invierno infinito.
Dijeron que habías muerto, «malformaciones incompatibles con la vida», mientras las sarmentosas manos de la monja estrangulaban las mías como zarzas heladas y un sollozo ronco, de sangre coagulada, me rajaba por dentro la garganta.
Pero yo te había sentido latir sobre mi pecho, tu olor se clavó en mí como un cuchillo amado, que da vida y la quita. «Quiero verlo», grité; no me dejaron, pero mi instinto de hembra herida se revolvió con furia, negando la razón desde lo más profundo de mis entrañas.
¿Dónde estás, mi lucero, bajo qué luna?
¿Qué otra madre usurera meció tu cuna?
Nana del desconsuelo de mi alma rota.
Amargo sufrimiento, lenta derrota.
Se acaba el tiempo. Apenas quedan ya inviernos; la vida se me escapa y tú, mi amor, sigues allí afuera, en alguna parte, sin saber que alguien te fabricó una vida tramposa, arrancándome la mía.
¿Me alcanzará a encontrarte?

