Salitre sostiene la cazoleta de la pipa con su mano izquierda, mientras ataca la mixtura de tabaco con el pulgar de la derecha; sus ojos, acostumbrados a la inmensidad de los océanos, traspasan la bocana del puerto. Su mirada oscila lentamente, de un extremo a otro del horizonte, como un viejo lugre rolando con la mar de fondo, hasta perderse, glauca, en la lejanía.
Nadie lo llama por su nombre de pila, Manuel; solo su mujer lo hacía, pero de eso apenas le queda recuerdo. Cansada de ausencias y enferma, María, se dejó ir una madrugada con la bajamar para no volver.
Sentado sobre un desvencijado cajón de madera, descansa la espalda en la pared de la cetárea y deja que las volutas de humo azul se desvanezcan en el calor de la tarde. El tabaco quemado huele a brea caliente, cuero viejo y algas secas. El de Marsella dejaba un sabor dulce en la boca, recuerda Salitre, y su memoria viaja al pequeño balcón de La Caravelle, sobre el Vieux-Port. Sin embargo, con el de Lisboa quedaba un regusto a cuerda mojada. El mejor de todos era el de La Habana.
En el Sloppy Joe’s, cerca del puerto, en la esquina de Ánimas y Zulueta, compartiendo largas tardes de silencios, ron oscuro y Partagás con Gunnar Nilsen ―contramaestre del M/S Havørn, un mercante añoso y panzudo, a medio camino del desguace, con orgullosas cicatrices en el casco, recordatorios de todos los muelles del mundo―, aprendió a mirar más allá; tras la línea que funde el cielo con la mar, donde se esconde la vida después de la última derrota.
Y es perdido en esa nada esperanzadora, cada vez más cercana, que Salitre, arrugado y curtido como una vela que ha conocido demasiados temporales, pasa sus días descargando el peso de las soledades en el muro de una cetárea, viendo entrar, con el atardecer, los botes cargados de pulpo, lubina, rape… entre volutas de humo azul que sigue oliendo a brea caliente, cuero viejo y, en ocasiones, con sudoeste fresco, ron oscuro y Partagás.

