«Dí que sí, Mari Puri, que este conjunto de lencería te queda como un guante», piensa ella, Mari Puri, mientras menea el culo ante el espejo y se presiona las tetas hacia arriba para darles un punto más de protagonismo.
«Es ideal, todo transparencias, insinuaciones, promesas, y esta negligé tan vaporosa, que no deja nada a la imaginación… Estás que crujes, Mari Puri, un escándalo sexual. ¡Ay, José Luis, lo que te estás perdiendo! Si es que está lelo, míralo, ahí, en su mundo, como si no existieras, enganchado a los documentales del National Geographic».
―José Luis, cariño, anda, dime cómo me sientan estos trapitos. ¿Tú me ves gorda? A mí el espejo me engaña, no sé, serán cosas mías, pero he ganado algo de cintura, ¿no crees? ¡José Luis, mírame, coño!
«¡Jesús, qué hombre, antes no era así! Cuando empezamos, era como esos dioses hindúes: colorido, sugerente, todo manos, ¡por dios, qué tiempos! Qué quieres, hasta agobiaba un poco, pero lo de ahora».
―Fíjate, escucha, Mari, estos documentales son la hostia, de verdad. Resulta que la mojama se conoce desde el primer milenio antes de Cristo, ¿te lo puedes creer? Los fenicios, dice que dieron con la tecla: atún, sal, y aire puro. Lo que se aprende con estas cosas.
«¡Hay que joderse, mojama, teniendo lo que tiene aquí a la mano!, porque una está ya en la cuarentena adelantada, que el tiempo pasa para todos; sin embargo, todavía tengo para un arreo. Que yo lo diga no es muy propio, lo sé, pero, hija, es la verdad, que me fijo cómo más de uno se da la vuelta cuando paso y ni te cuento las cositas picantes que me insinúan, aunque no te lo creas; sin ir más lejos, Benito, el vecino de enfrente, madurito él, pero macizorro y que tiene su punto; viudo sin compromiso, que yo sepa».
―José Luis, corazón, deja la tele un rato y dime cómo me queda este conjunto de lencería, bobo, que me lo he puesto para ti.
«Tengo que ponerlo en marcha como sea; hace casi un mes que no tenemos un ratico de refocile y una, qué quieres, lo echa de menos. ¡Coño, el timbre, también es mala leche, quién será!»
»José Luis, que llaman, abre tú, que yo no estoy presentable.
―No me jodas, Mari, que estoy en lo más interesante. ¿Sabías que la cecina se conoce desde el neolítico? La de cultura que coge uno con esto-
«Que abra yo, dice el mastuerzo, con estas pintas, que voy como si fuera un taxi, con la banderita de libre, pidiendo alguien que me monte. ¡Leñe, que sí, que ya voy, menuda insistencia, ni que hubiera un incendio! Oye tampoco se ve tanto, ¿no? Y, además, en mi casa estoy, al que no le guste…».
―¡Hombre, Benito! No te lo creerás, pero hace nada estábamos hablando de ti.
«Bueno, la verdad, mi inconsciente te invocaba, porque de un tiempo a esta parte estoy muy introspectiva».
»Tú dirás qué se te ofrece, vecino.
―Pues, mujer, viéndote así, se me ocurren un par de cosas, y si hubiera sabido que recibes a las visitas de esta guisa, me habría pasado antes con cualquier pretexto; pero es que tengo un cuadro para colgar en el salón y venía a ver si José Luis tiene algo con que hacer los agujeros.
―Algo tendrá, pasa y le preguntamos.
«Hubo un tiempo en que sí, pero últimamente… ya me gustaría. A ver si espabila y se desengancha de la tele, porque estoy al borde de hacer una barbaridad y, oye, este Benito, visto así, desde atrás, se gasta un culito prieto que ya quisieran muchos. ¡Ay Mari Puri, pendón, sosiega, que se te están soliviantando los adentros y eso no está bien en una señora comme il faut. Menos mal que no se me lee el pensamiento. ¡Jesús, qué calores!».
―Cariño, ha venido el vecino a que le prestes el coso ese de hacer agujeros, anda, atiéndelo tú, que no es plan que lo haga yo, así, en paños menores y pidiendo guerra; además, voy a terminar cogiendo frío. ¿Me estás oyendo, José Luis?
―¿Eh, cómo? ¡Ah, sí! ¿Sabías que los fenicios inventaron la mojama, Benito? Un pueblo interesante, los fenicios.
«No, si ya te digo yo que mi marido es gilipollas. Mira que me lo advirtió mi madre: No te cases con el pánfilo este, que es más corto que la minga de un virus».
―José Luis, mi amor, que está Benito esperando y se le nota ansioso.
«Serán cosas mías, pero no me quita los ojos del culo, menudo repaso me está dando el jodido. Y me gusta, la verdad, que será cincuentón, pero tiene lo suyo. ¡Ay, Mari Puri, que te pierdes!».
―Que ya, mujer, que ya. Menudas prisas. En el trastero, está en el trastero, o por ahí, coño. ¡Joder con los fenicios, qué máquinas! Buscadla vosotros, que yo estoy enganchado con esto de los fenicios.
«Pero este tío es tonto o se lo hace. ¿Cómo voy a bajar con Benito al trastero, vestida como para un revolcón y con estos ardores que me están entrando?, porque así, de cerca, lo digo como lo siento, el vecino está para mojar pan».
―Mi amor, escucha, deja la tele un rato y baja tú al trastero con Benito, mira cómo voy vestida, no son maneras y el vecino parece que anda urgido con la broca y el agujero; hazme caso, José Luis, por favor te lo pido.
―Pues anda que lo del silicio. ¿Qué me dices del silicio? Este documental es la leche, Mari. Un derivado del silicio es lo que llaman el polvo inteligente y hace maravillas en materia de electrónica y esas cosas. Loco me quedo. Anda, deja de sermonear y dale al vecino lo que quiere, mujer, ¿qué te cuesta?
―¿Estás seguro, José Luis? Mira que en el trastero, no sé yo si será inteligente, pero polvo va a haber seguro.
―Deja de incordiar, cansina.
«No, si ya veo cómo va a terminar esto, pero hija, yo he hecho todo lo que he podido. Mira a Benito, echando chispas por los ojos está. Y tiene pinta de no conformarse con solo un agujero, seguro, ¡¿Ay, señor, qué hago?! Oye, que sea lo que dios quiera».
―Anda, Benito, majo, tira para el trastero, que mi José Luis está a por uvas y tenemos faena. ¿Para cuántos agujeros tienes la broca?
―Los que tú quieras, Mari Puri, los que tú quieras.

