El funcionario presionaba nervioso el mecanismo retráctil del bolígrafo. Solo el «clic, clic» continuado rompía el silencio denso que reinaba en la habitación, asfixiante, duro, casi palpable, como un muro de concreto. Conchi se aferraba con fuerza al brazo de Hilario, que, incapaz de disimular su ansiedad, seguía con la mirada el hipnótico movimiento del dedo sobre el botón.
―En fin, Concepción, Hilario, esto no suele ocurrir ―al chupatintas también se le notaba azogado―, siento comunicaros que vuestros amaneceres no coinciden y, creedlo que me cuesta, pero no puedo dejaros que despertéis juntos a la nueva vida.
Conchi se llevó una mano a la boca reprimiendo un gemido, mientras que Hilario gruñó, removiéndose en la silla, inquieto.
―¿No se puede hacer nada? ―aventuró ella con un destello de esperanza temblándole en la voz.
El oficinista, con la mirada perdida en otra parte, volvió a marear los expedientes en un intento de enmascarar su incapacidad para resolver el problema.
―Creedme, lo haría con gusto, pero las pólizas de vuestros seguros de decesos no coinciden y, sí, ya sé que es un desacople inesperado, algo que parece sencillo de superar; pero el consorcio es muy estricto al respecto, miran todos los casos con lupa, estoy atado de pies y manos.
Hilario, todavía con los resabios de la vida perdida, se tentó el cuerpo buscando la cartera: «Poderoso caballero es don dinero», pensaba con la certeza de quien ha tenido que lidiar ocasiones parecidas, pero no encontró lo que buscaba; aquellas raras vestimentas que les habían puesto carecían de bolsillos.
Decepcionado e impaciente, se encaró con el administrativo.
―Alguna solución habrá, digo yo, no vamos a liarla por un simple desliz burocrático; si hemos muerto juntos, de justicia es que entremos igualmente juntos en el más allá.
El funcionario se encogió de hombros y, juntando las manos en actitud reflexiva, guardó silencio unos segundos como si estuviera buscando una solución al problema.
―A ver, se puede contemplar una revisión a la baja ―dijo saliendo del mutismo―, de manera que los dos quedéis más o menos equidistantes, pero en eso debes ceder, Hilario, porque tu amanecer es mucho más apañado que el de Conchi.
La pareja se miró con cara de asombro, para luego, al unísono y sin mediar palabra, clavar los ojos en los del funcionario.
»Os explico ―dijo este con una media sonrisa―. Tu deceso, Hilario, está amparado por una póliza «All-inclusive», esto es, eternidad a todo trapo, sin hacer cola, asientos en primera fila, acceso sin restricciones al backstage y un amanecer de aurora boreal.
Hilario no pudo reprimir un bufido de satisfacción, a la vez que, en un acto reflejo, apretaba la mano de Conchi.
»Sin embargo, en tu caso, Concepción, la póliza es «Low-cost funeral insurance», el paquete básico, eternidad de andar por casa, para entendernos: estar atenta a las ofertas del supermercado, desplazarte en autobús, buscarte algún subsidio para llegar a fin de mes y amanecer poligonero, neblinoso, con legañas. Cutre, sí, lo siento, no parece justo, pero es lo que hay.
«Tacaño, minga corta, hijoputa ―pensó Conchi con el recuerdo de su marido ganándole espacio en la corteza cerebral―; hasta después de muerta me tiene que amargar la eternidad».
―Eso es cosa de mi Venancio ―intentó justificar la merde―, él se encargaba de la logística, qué iba a saber yo de esos líos. Si por mí hubiera sido, Arturo.
Leyó el nombre en la tarjeta de identificación del funcionario para propiciar el acercamiento, intuyendo que las cosas estaban en su contra y necesitaba aliados.
―Ya, ya me imagino ―la cara de circunstancias del domador de formularios invitaba a la credibilidad―, pero no tengo capacidad de maniobra; la única salida posible es que Hilario se avenga a rebajar sus expectativas de amanecer y se conforme con las low-cost.
Cuatro ojos convergieron en el aludido, que sorteó las miradas, con evidentes signos de incomodidad, mientras se revolvía en el asiento.
―A ver, que yo lo haría, Conchi, cariño ―se encerró en sí mismo como un puercoespín―, pero es que me da coraje que por culpa de tu marido tengamos que pasar privaciones in aeternum; no le satisfizo cosernos a tiros, al muy borde. ¿De verdad que no se puede solucionar de otra forma?
Arturo negó con la cabeza a la vez que comenzaba a ordenar los papeles. Para cualquier ojo avisado estaba empezando a dar por concluida la audiencia y los dos tortolitos debían tomar una decisión.
―Hilario, mi cielo, no te ciegues con mi marido. Ya sé que te da rabia, pero, hijo, si te paras a pensar: Nos pilló como nos pilló, no hace falta que entremos en detalles, y tú pegando brincos en la cama como si fueras Tarzán; corazón, reconócelo, tienes un puntito exhibicionista y a veces te pasas.
Dijo todo esto con la ansiedad reflejada en el rostro, tratando de establecer puentes a la conciliación y mientras acariciaba con mimo la mejilla del hombre.
»No es que lo justifique, Dios me libre, pero un calentón le da a cualquiera; a mi Venancio se le cruzó la vena y como venía de cazar… Además, según tú, yo era tu diosa, juraste que me amabas con delirio y que nunca en la vida te apartarías de mi lado, Hilario, que no se te olvide.
―Ya, Conchi, ya; en la vida, dije, pero nada se habló de la muerte, reina, y el panorama cambia radicalmente; haber estado más viva con lo del seguro, que la letra pequeña es la que cuenta. Mira, lo siento un montón, pero mi amanecer es intocable, que mis dineros me costó.
El funcionario dio unas palmaditas suaves sobre la mesa llamando la atención de ambos.
―A ver, por favor, ni todo es blanco ni todo negro, que luego la cosa puede cambiar; tendrán ustedes amaneceres distintos, pero quién les dice que no vuelven a encontrarse en el más allá y se enamoran de nuevo.
―¡Yo con este! ―bramó Conchi hecha una furia―. Ni loca, antes viva. Mucho te quiero, cosita linda, luz de mi vida, y pavadas de esas, pero a la hora de la verdad, si te he visto, no me acuerdo, mamón, que eres como todos los tíos. Prometer hasta meter y una vez que ya has metido, olvidar lo prometido. ¡Vete a freír churros con tu amanecer y te lo enjaretas en el culo!
Arturo, el funcionario, consultó su reloj; se había hecho tarde y ya no llegaba a clase de sevillanas. «Así en la tierra como en el cielo ―pensó mientras terminaba el papeleo y ponía los últimos sellos―; nunca llueve a gusto de todos».
―En fin, lamento la situación, pero bienvenidos al más allá.
Y se fueron, Hilario y Conchi, sin mirarse a la cara, como dos desconocidos, encabronados el uno con la otra y viceversa, en busca de su nuevo amanecer, porque en esto del amor, como en casi todo, lo que cuenta es la letra pequeña.

