―¡Coño, Gaspar, estornuda para otro lado, que nos estás poniendo perdidos de virus!―protesta Baltasar a la vez que pone un tuero en la chimenea para seguir alimentando el fuego.
El salón es enorme, lo mismo que la lujosa casona, instalada en «La Finca», uno de los complejos residenciales más exclusivos de Pozuelo de Alarcón, se diría que demasiado grande para solo tres solterones maduros.
―He debido de pillar la gripe ―responde compungido Gaspar, que se arrebuja en una manta pese al calor que reina en la habitación―; como os empeñáis en no llevar mascarilla.
Ahora, así, postrado y tiritando de fiebre, se le ve poca cosa, pero en realidad se conserva estupendamente pese a sus más de dos mil años; nadie le daría más de cincuenta, como mucho, y muy bien llevados: musculado de gimnasio, pelirrojo, con un corte de estilo militar que realza sus facciones angulosas, y ojos que, cuando no están empañados por las legañas como ahora, proyectan una mirada penetrante que en el pasado hizo perder el sentido a más de una odalisca. Los otros dos: Melchor y el citado Baltasar, tienen también el mismo cuidado aspecto.
Melchor es el más viejo de los tres, pero apenas se le nota en el entreverado de canas visible en su pelo y en la cuidada barba de tres días que luce. Baltasar, el más joven, es también el de cuerpo más tonificado; sus músculos parecen cincelados por un escultor griego y resaltan, poderosos, en el negro brillante de su piel.
Una mujer grande, con aspecto de matrona saludable, se acerca al sofá en el que está postrado Gaspar. Lleva una pequeña bandeja en las manos sobre la que reposa una humeante taza de porcelana. Es Emma, la señora Higgins, de soltera Emma Doyle; viuda, ama de llaves, cocinera y encargada de que todo funcione en aquella casa. No hay más servicio; como son magos, tienen sus trucos para tenerlo todo como los chorros del oro sin necesidad de mano de obra.
―Hot toddy ―anuncia mientras deja la taza en una mesita auxiliar, al alcance del afligido monarca―: whisky, agua caliente, limón y miel; un remedio casero de mi vieja y querida tierra irlandesa. Lo aliviará.
Gaspar esboza una mueca de agradecimiento y se lleva la taza a los labios con cuidado, porque todo parece indicar que el brebaje está ardiendo.
―¿Qué haríamos sin usted, Emma? ―dice Baltasar a la vez que hace girar en la pletina el vinilo que acaba de elegir de entre los cientos, miles, de álbumes que almacena en su colección. El piano de Teddy Wilson comienza a desgranar las primeras notas de «As times goes by».
―¿Con qué delicatessen gastronómica nos deleitará hoy, querida? ―esta vez es Melchor quien trata de llamar la atención de la mujer; la mañana está muy avanzada y el estómago comienza a reclamar su espacio.
La señora Higgins tarda en responder, ocupada en ir recogiendo las capas de armiño, barbas postizas, coronas de oro, guantes, calzas de seda, botas de piel y toda la parafernalia de los uniformes de trabajo, que habían dejado tirados de cualquier manera por el salón, cuando llegaron a casa muy entrada ya la madrugada, agotados y con sueño.
―Hoy toca algo sencillo ―acompaña las palabras con un encogimiento de hombros, mientras inicia la retirada hacia el pasillo―: sopa de berros, patata y puerros, la watercress de toda la vida; pastel de riñones y de postre roscón, algo tradicional, acorde con el día.
Sin esperar ninguna muestra de repulsa o aprobación, enfila el camino al cuarto auxiliar; tiene que separar lo que puede ir a la lavadora de lo que necesita un trato más profesional. Los hombres guardan un mutismo recio, palpable, de respeto, esperando a que la señora Higgins se aleje lo suficiente de su zona de audio.
―Yo, la verdad, no tengo cuerpo para nada con esta gripe ―rompe el silencio Gaspar ―; un caldito, como mucho, y estoy apañado.
Melchor se para ante la vitrina de sus pipas, las mira un buen rato, valorando cuál es la más apropiada para el momento; duda, pasa sus dedos por una Dunhill preciosa, tipo calabash, de brezo, pero al final se decide por la Savinelli, más tradicional. La carga con una mezcla de Virgina y Latakian, un tabaco serio, ahumado, seco, no quiere chicle en la boca. «Este es el mejor preventivo contra la gripe», sonríe para sí mientras deja que el humo se enrede en una danza obscena con sus papilas gustativas.
―Creo que deberíamos contratar una cocinera de aquí ―opina en medio de una nube azul de humo que huele a chimenea de invierno y resina―; sería un alivio para la señora Higgins y, por qué no decirlo, un cambio en la rutina milenaria que nos absorbe, que es más aburrida que una ronda de agua del grifo. ¡Coño, después de la nochecita que hemos llevado… una fabada, un cocido por su sitio, algo más rotundo, no sé, alegría para el cuerpo!
Baltasar asiente con energía, Gaspar lo mismo, pero con escaso ímpetu, emboscado tras su mantita y con un montón de clínex usados esparcidos por el sofá.
―Aburrimiento, hastío, inacción ―se desbrava el negrito exasperado―, y todo por seguir aquella jodida estrella, creyendo que nos llevaba a un puticlub de carretera. Vaya si la pringamos bien. Dos mil y pico años comiéndonos los mocos y haciendo el gilipollas por no quedar como unos pervertidos. ¡Pero tío, si es de lo más normal, todo el mundo lo hace!
Gaspar estornuda, mientras se limpia las narices con un pañuelo y ante la imposibilidad momentánea de poder hablar, muestra su conformidad con el lenguaje corporal; Melchor retaca, con parsimonia, el tabaco de su pipa a la vez que deja escapar un suspiro de resignación.
»Follamos menos que un caracol en el cristal de una ventana ―sigue Baltasar―, la única mujer que entra en esta casa es la señora Higgins, Dios la bendiga, pero una cosa os digo… se acabó.
Los otros dos lo observan con interés; Melchor golpea su pipa contra el borde del cenicero, dando por terminada la fumada; Gaspar, que parece algo recuperado tras la ingesta del bebedizo que le preparó Emma, emerge de su refugio, expectante.
―¿Hay algo que debamos saber? ―pregunta Melchor mientras devuelve la Savinelli a su peana.
Baltasar sonríe y una línea de dientes insultantemente blancos pone en su cara un rictus depredador que encierra milenios de abstinencia y represión.
―Se llama Clara. Vive en Serrano, esquina Goya ―se le ilumina el rostro evocando el momento―. Ella iba camino de la cocina porque tenía sed. Yo había dejado los regalos de los niños bajo el árbol; andaba distraído por el pasillo, pensando en la siguiente entrega; chocamos, ella solo dijo «¡Ay!», yo atiné a exclamar ¡Ups!
Los otros dos, con los ojos como platos, requirieron casi al unísono: «¿Y…?»
―Pues nada, que su chico estará volando ahora mismo hacia Munich a una importante reunión de negocios y que esta tarde me llevo el Maserati. Por cierto, me ha dicho que tiene un par de amigas cuyos maridos son socios del suyo… En fin, ahí lo dejo.
Melchor se revolvió, inquieto, en el sillón.
―¡Señora Higgins, querida! ―gritó―. ¿Sería usted tan amable de prepararme el jacuzzi con sales? Menta, eucalipto, cedro… madera, mucha madera.
Chocó las palmas de las manos con Baltasar mientras intercambiaban un guiño de complicidad.
―¡Joder, maldita gripe! ―lloriqueó Gaspar, golpeando el sofá con los puños y encadenando estornudos.
«La noche siempre tiene algo de magia, morbo, misterio ―pensó Baltasar evocando imágenes que se apretujaban en miles de años de historia―, y si la luna está querendona, la de Reyes, puede dar mucho juego».

