RELATOS

So happy together

«Con Marisa es como si fuéramos hermanas de leche, no tiene nada que ver con serlo de verdad, tú me entiendes; se trata de haber compartido demasiadas cosas juntas, algo parecido a la versión golfa de la fraternidad».

—Arréglame las puntas, cariño, que las llevo abiertas, y a ver si cambias las revistas, que estas ya tienen cardenillo en las grapas, mona.

«Me entretengo con un ejemplar de «Cola», cotilleo marujil en vena. Un número antiguo, que fue trending topic en el pleistoceno».

Sexta flota

Aquel día los grises iban a saco, sin bozal. En Urquinaona compartía un palomar, reconvertido en piso, con dos aragoneses, de Alcañiz, y como pintaban bastos decidimos que lo más sensato era retirarse a los cuarteles de invierno; así que tiramos por la ronda, cap a casa. Pero a la altura de Plaça de Catalunya un despliegue de «tocineras» nos cerró el paso, los romanos cargaron como fieras. Literalmente, con la jauría pegada al culo, los de Teruel y yo echamos Ramblas abajo buscando la salvación. En la Boquería me di cuenta de que los había perdido y, en un escorzo a la derecha —puede que el único en toda mi vida—, eché por Sant Pau, con un aliento cuartelero a cazalla quemándome el cogote.

Tatuaje

Lo que te gustaba a ti, la Piquer, y por encima de todas sus canciones, Tatuaje: «Era hermoso y rubio como la cerveza / el pecho tatuado con un corazón / en su voz amarga, había la tristeza / doliente y cansada del acordeón». ¡Qué tiempos, amor mío, cómo te echo de menos! Ahora solo me quedan estos ratos que paso hablando solo, contigo, aquí, en el cementerio, sentado a tu arrimo, viendo cómo acude el mar a la bocana del puerto, atraído por el guiño insinuante de esa linterna cómplice.
Lo que te gustaba a ti, la Piquer, y por encima de todas sus canciones, Tatuaje: «Era hermoso y rubio como la cerveza / el pecho tatuado con un corazón / en su voz amarga, había la tristeza / doliente y cansada del acordeón».

Efectos secundarios

Lo peor para los que tenemos el vicio de la escritura no es acabar con el colesterol por las nubes, las transaminasas revolconas y el índice glucémico encaramado a la aguja del Empire State Building, cual si fuera el enésimo remake de King-Kong; todo eso carece de importancia porque el desmadre solsticial todavía esconde una consecuencia más traumática: la destrucción irreversible de neuronas que provocan el consumo excesivo de alcohol y tener que escuchar, en bucle, el All I Want For Christmas Is You, de Mariah Carey. Insoportable. El cerebro se avutarda, le pesa el culo, vuela bajo y no hay solución. El síndrome de la página en blanco está servido.
Lo peor para los que tenemos el vicio de la escritura no es acabar con el colesterol por las nubes, las transaminasas revolconas y el índice glucémico encaramado a la aguja del Empire State Building, cual si fuera el enésimo remake de King-Kong…

El umbral de la nada

Lucy ha venido a verme. Apesta a tabaco y sus besos saben a ginebra de a cinco dólares la botella, pero eso hace tiempo que ha dejado de ser importante para mí. Se quita las medias y los zapatos, arrebujándose bajo la manta. Nos abrazamos, constreñidos por la estrechez del sofá, tratando de enmascarar el frío bajo una patética farsa de afecto mercenario. Ninguno de los dos tiene ganas ni fuerzas para cumplir con su parte del trato. Le ofrezco la botella de güisqui, bebe a gollete, chasca la lengua, me la devuelve y enciende un cigarrillo.

Una mala tarde la tiene cualquiera

Linda y yo vivíamos justo frente al parque McArthur, y una noche que estábamos bebiendo vimos por la ventana que caía un hombre. Una visión extraña, parecía un chiste, pero no era ningún chiste pues el cuerpo se estrelló en la calle. «dios mío», le dije a Linda, «¡se espachurró como un tomate pasado! ¡No somos más que tripas y mierda y material pegajoso! ¡Ven! ¡ven! ¡míralo!».
Me asomo a la ventana buscándole una puerta de atrás a la modorra. La calle desierta me devuelve la misma mirada de hastío. Vivir en un barrio obrero hace que las tardes de festivo sean más largas, solitarias, recoletas, como si nadie quisiera usarlas para que no se gasten.