Que se pare el tranvía…
Salgo de casa de buena mañana; quiero tomarme mi café con leche y una porra….
Corazón de papel
El papel le temblaba en las manos. Ella lo había dejado sobre la mesa antes…
¡Maldita gripe!
―¡Coño, Gaspar, estornuda para otro lado, que nos estás poniendo perdidos de virus!―protesta Baltasar a…
La letra pequeña
El funcionario presionaba nervioso el mecanismo retráctil del bolígrafo. Solo el «clic, clic» continuado rompía el silencio denso que reinaba en la habitación, asfixiante, duro, casi palpable, como un muro de concreto. Conchi se aferraba con fuerza al brazo de Hilario, que, incapaz de disimular su ansiedad, seguía con la mirada el hipnótico movimiento del dedo sobre el botón.
El agujerito
«¡Jesús, qué hombre, antes no era así! Cuando empezamos, era como esos dioses hindúes: colorido, sugerente, todo manos, ¡por dios, qué tiempos! Qué quieres, hasta agobiaba un poco, pero lo de ahora».
