Abro el ventanuco del cuarto de baño para que salga el vapor. Gloria, la del principal, se arranca por coplas a lo Marifé de Triana: «Por mi salud yo te juro, que eres pa mí lo primero»; qué energía, por Dios, yo no sé qué desayuna esa mujer para estar tan contenta al punto de la mañana.
―Churri, no queda pan de molde ―se queja mi Juan, mientras rebusca en la alacena con los ojos pitañosos, en calzoncillos y rascándose el culo.
Qué despertar tan poco erótico tiene este hombre, con el pelo revuelto, medio adormilado y barritando en cada bostezo como un elefante del Serengueti, es como un cilicio para la concupiscencia.
―Sí que hay, busca bien y, si no, mojas galletas que no me puedo entretener; si pierdo el bus de las ocho y cuarto, llego tarde al curro ―me despido lanzándole un beso desde la puerta de la cocina.
Salgo pitando de casa, el ascensor está ocupado y me tiro escaleras abajo porque voy con la hora pegada a la chepa. Tengo que echar a correr porque el autobús ya está en la parada; menos mal que hay cola y me da tiempo.
Me entra un WhatsApp: «Todos los tíos son unos cerdos». Es Sonsoles. Ahora no puedo entretenerme, pero luego le contesto y que me cuente; seguro que hay sustancia.
Encima, hoy mi jefe está en plan toca pelotas y se ha propuesto darme el día. En un descanso le respondo a Sonsoles: «¿Comemos juntas, chocho?». Me contesta con una carita feliz. Donde siempre, en El Ensanche, menú del día, barato: ensalada templada de espárragos, dorada a la plancha y sorbete de mandarina.
―Hasta que la muerte os separe, dijo el cura, Almudena, cariño, y el hijoputa de mi marido dijo que sí. Que eso es como un juramento. Tú, como te casaste por lo civil, no lo entiendes, pero es muy gordo, Almu, muy gordo.
Está desatada, hecha una fiera; cualquiera diría que le importa un carajo su matrimonio.
―Y ahora va y me suelta que quiere el divorcio. Se ve que la gorda le está apretando las tuercas; ya le vale a la muy guarra, meterse con un hombre casado. Pero te digo una cosa, Almudena, como que hay Dios que a este yo le saco los hígados. Si se piensa que me va a dejar con una mano delante y otra atrás, va listo.
―¿Vais a tomar café, hermosas? ―Menos mal que Alfredo, el camarero, ha salido al quite, porque Sonsoles se ha venido arriba y todo el bar estaba pendiente de lo nuestro.
―Y un par de orujos, que hoy estamos guerreras ―le guiño un ojo cómplice y me devuelve una sonrisa de comprensión.
―A ver, Sonso, no me jodas, ¿y lo tuyo con Joao, por no remontarnos muy atrás? A ver, que si hacéis auditoría de infidelidades, lo ganas por goleada ―lleva media vida quejándose del marido y poniéndole los cuernos con todo lo que se mueve, y ahora se hace la digna.
Yo no la entiendo y, por mucho que sea mi amiga, no puedo dejar de hacérselo ver, coño.
―No es lo mismo, Almudena, no me jodas. Joao está para hacerle un hijo, no como la gorda esa, y la criatura es solo una distracción inocente, sin mala idea; ni se le ocurre al muchacho ir por ahí rompiendo matrimonios. Además, ¿tú de parte de quién estás, zorra?
Ahí me ha pillado, he de reconocerlo, me ha fallado el corporativismo.
―Contigo, Sonso, a muerte ―reculo a toda leche―. Tienes razón, es un mierda que ha quebrantado su juramento y tú estás mil veces mejor que la gorda de su secretaria; más quisiera ella, vamos. Ahora mismo llamo al gilipollas de mi jefe y le digo que me ha bajado la regla y me tomo la tarde para diseñar juntas cómo joderle la vida a ese picha corta.
Las relaciones de pareja, que son barbaridad de complicadas, ya te digo. Joder, qué bien entra este orujo. Al final va a tener razón Sonsoles y todos los tíos son igual de cerdos. Prometer hasta meter y, después de haber metido, olvidar lo prometido.
»Alfredo, niño, otro par de chupitos, que hoy estamos rompedoras. Y si no hay pan de molde, pues que baje él al super, cojones, ya.
―Pero qué dices del pan de molde, Almu, ¿estás bien?

