Se llama Lola y está a mitad de camino entre Megan Fox y Sydney Sweeney, o sea, un pibonazo, los del súper han hecho un buen fichaje, no veas cómo se pone aquello de tíos los sábados; nunca se había conocido en el barrio tanto marido dispuesto a echar una mano a la parienta con la compra.
Yo, a mi Juan, primero lo pongo a hacerme la plancha, después el baño, la cocina y luego, si se esmera, lo dejo que me acompañe al súper; total, la criatura se conforma con alegrar la vista, pero al final, a quien le come el solomillo es a mí.
Lola es la carnicera y, según estas, tiene poderes, es arúspice, bruja, para entendernos, que adivina cosas en los mondongos de los bichos.
―Acertó con lo del marido de Luisa, la corsetera ―dice en voz bajita Marisa, casi en un susurro, como si estuviera revelando algún misterio―, que se entendía con una del barrio muy cercana a ella, le predijo, y, oye, al poco lo pilló en la trastienda haciendo manitas con su cuñada. No veas el mal trago.
―¿Y eso lo adivinó viendo tripas y menuceles? ―Prudi es como yo, escéptica por naturaleza.
―Lo leyó en medio kilo de morcillo que estaba saliendo de la picadora, según cuentan, por eso tiene tanta clientela.
A ver, que lo del marido de Luisa estaba cantado, no era menester ser adivina para estar al tanto; le tiraba gamba a una escoba con faldas, y lo del overbooking… tiene que ver más con lo de las tetas y las carretas que otra cosa.
―Gabino era un picaflor, Marisa, guapa, y un borrachete, que disfrutaba en la tasca más que un cura con dos parroquias. Menudo espantajo se quitó de encima la pobre Luisa.
No puedo evitarlo, me superan los tíos así; menos mal que mi Juan es un bendito que solo tiene ojos para mí; bueno, y ahora para Lola, pero es un sarampión que se pasará con un par de sábados más, obligándolo a hacer la plancha antes de ir al súper; está controlado.
―Pues yo en esas cosas sí creo, mira tú ―Sonsoles parece que se come el mundo, pero es más simple que el vocabulario de un ladrillo―. ¿Os acordáis de aquel guineano que echaba las cartas en el bar de Lolo? Pues fui a probar y…
―No hace falta que nos cuentes lo que te echó el guineano, Sonso, reina, que nos hacemos una idea. ―Así es mi Prudi, cuando se pone borde.
―Para eso de la adivinación, lo que mejor papel hace son los filetes de hígado, que lo he leído en Internet.
Marisa es muy wiquipédica, ella.
¡Qué asco, por Dios! Yo es que con las tripas no puedo, además de que, en buena lógica, cuanto más sabrosa sea la pieza, mejor saldrá el augurio. Me vas a comparar tú unos buenos filetes de aguja, un entrecot, solomillo, poniéndonos en lo mejor, con un revoltijo de callos y casquería; quita, quita.
―Yo voy a intentarlo, qué queréis que os diga ―insiste Sonsoles―, a ver si me saca de dudas con lo del divorcio y de paso le echa mal de ojo a la gorda esa con la que se ha liado mi marido. Oye, por probar.
―Almu, cariño, que me voy a acercar al súper a por unos churrascos, ¿te compro algo? ―Este es mi Juan, más previsible que un monaguillo jugando al póker.
―¿Has hecho la plancha?
―Coño, Almu, que es un antojo.
―Anda, coge el misterproper y tira para la cocina, que te voy a dar yo a ti churrascos.
¡Qué cruz con estos hombres, Señor, qué cruz!

