―Es solo un hematoma, pero presenta un ligero abultamiento en el centro, que se corresponde con una inyección reciente. Aquí es donde le introdujeron la aguja. ―El forense mostraba la marca violácea que tenía el cadáver en el pecho, redonda, del tamaño de una moneda de un euro.
A pesar de que en tantos años de servicio había tenido que asistir a demasiadas, a Mambo las autopsias le seguían causando inquietud; las consideraba lo más parecido a una profanación del cadáver, como si al abrir al muerto en canal, como a una res en el matadero, se le despojara de los últimos vestigios que le quedaban de dignidad.
―De manera que le inyectaron el veneno ―la voz de Cruces sacó a Mambo de sus pensamientos―; esto es nuevo, no se detectaron hematomas parecidos en las otras víctimas.
―O se nos han pasado por alto y siempre ha usado este procedimiento ―se apresuró a puntualizar el médico―. Una aguja 25G, como la que usan los diabéticos para inyectarse insulina, apenas deja un puntito rojo en la piel y al poco tiempo desaparece por completo; solo la tendencia al hematoma de la persona o una punción violenta han podido provocar este moratón.
Volvió su atención al cadáver, cubriéndolo por completo con la sábana.
Mambo permanecía en silencio, pensativo, algo no encajaba. El forense había hecho hincapié en la falta de señales de resistencia y eso llamaba su atención: nadie permite que le claven una aguja en el cuerpo contra su voluntad sin luchar para evitarlo, menos todavía un hombre sano, joven y fuerte. Esta forma de matar le descuadraba todos los esquemas; engañar a las víctimas mezclando el veneno con la comida o la bebida había sido la fórmula que él entendía más probable, pero la inyección era una forma de violencia añadida que, en todos los casos, habría dejado huella.
―No hay marcas de defensa ―puso sus pensamientos en voz alta―; resulta extraño que se dejara poner una inyección mortal sin pelear, deberían existir señales de lucha y no las hay. Eso lleva a pensar que el asesino acecha a las víctimas, las toma por sorpresa y actúa deprisa, sin darles tiempo a reaccionar. No cabe pensar que alguien le ayude usando la fuerza para inmovilizarlas, porque eso dejaría evidencias en los cuerpos.
El comisario dio una palmada en señal de aprobación.
―Exacto, además los psicópatas suelen actuar en solitario; coincido contigo, Alfredo. Esto cada vez tiene menos sentido.
El forense volvió a destapar el cadáver.
―Hay algo más ―dijo acercando la lupa estereoscópica al hematoma e invitando a que los policías echasen un vistazo―; en la punción hay restos de fibra textil, lo que indica que le clavaron la aguja a través de la camisa: fue sin duda una acción muy rápida y a todas luces sorpresiva.
―Y de frente ―apostilló Cruces―: vio llegar al agresor, tuvo tiempo de reaccionar y defenderse, pero no lo hizo. Es para volverse loco.
Mambo declinó la invitación del forense y no hizo amago de acercarse a la lupa.
―¿Cuánto tarda en hacer efecto el veneno? ―preguntó mientras se alejaba de la camilla, dando a entender que, por su parte, aquella diligencia forense estaba tocando a su fin.
―Es complicado medirlo en tiempo ―dijo el médico mientras volvía a tapar el cadáver―, depende de muchos factores, no todos los cuerpos reaccionan de la misma forma, pero en cualquier caso hablamos de segundos hasta la pérdida de conciencia, colapso, imposibilidad absoluta de reacción; la hipoxia cerebral que provoca la muerte tarda unos pocos minutos más; todo sucede con rapidez.
―Si al menos pudiéramos establecer que utiliza siempre esta forma de matar… ―dejó el comisario la reflexión sobrevolando la escena―. ¿No hay posibilidad de buscar indicios en los otros cadáveres?
El forense negó gestualmente, revelando su impotencia.
―Como ya he dicho, las marcas, si las hubo, fueron imperceptibles y desaparecerían por completo con el paso de las horas. Buscar evidencias de ese tipo ahora sería una pérdida de tiempo.
El aire de la calle aventó los restos de olor a formol y a carne fría que impregnaban la sala de autopsias. Mambo y Cruces aceleraron el paso como si quisieran poner tierra de por medio con la muerte. El aroma a café recién hecho parecía tan buen exorcismo como cualquier otro y, sin palabras, los dos se acogieron al refugio de una cafetería.
―Tenemos que empezar de nuevo, desde el principio, tiene que haber algo que se nos pasa, Alfredo ―Cruces seguía con la mirada el hipnótico vórtice que provocaba la cucharilla en su taza, a la vez que hablaba―. ¿Has interrogado ya al tipo que encontró el cuerpo?
Mambo, tras dar un sorbo, dejó su taza encima del platillo, sobre la barra, y negó.
―Tenía pensado hacerlo hoy. Es un viejo que hace las veces de conserje, sacristán, un poco de todo. Vive en el convento casi de caridad. No confío demasiado en que nos aporte mucho, pero hay que intentarlo.
―¿Qué hay de tu monja? ―Cruces apuró el café, se limpió los labios con una servilleta de papel y fijó sus ojos en Mambo, más con curiosidad que esperando una revelación profesional.
―Nada, sigue en los arrabales de esta investigación, yo la descarto y no por lo que sugiere tu estúpida sonrisa; ella no tiene nada que ver en este asunto y lo sabes. Si lo preguntas con la intención pueril de incomodarme o por un simple interés morboso, permíteme que te mande al carajo ―zanjó, contundente, la posibilidad de seguir por ese camino, provocando una carcajada en el comisario.
―Te ha dado fuerte, por lo que veo ―le palmeó la espalda amistosamente―. No te acalores, Mambo, yo solo preguntaba, curiosidad de amigo; me intereso por ti, nada más.
Puso, Cruces, un billete pequeño sobre la barra mientras llamaba la atención del camarero.
―Habla con el viejo, Alfredo no espero mucho, pero quizás viera algo que nos pueda servir.
Se despidieron en silencio. La mañana se había vestido de gris y alguna gota de agua comenzaba a salpicar las aceras. Mambo apretó el paso; la humedad del ambiente se hacía notar en su dolorida pierna y todavía quedaba un buen trecho hasta Santa Afra.

