Con la punta de sus dedos huesudos tocó suavemente la rugosa pared de piedra del muro y Santa Afra, con su silencio frío, pareció agradecer la caricia.
―Volverán los buenos tiempos ―les susurró a los viejos sillares, apoyando su mano allí donde la humedad había hecho brotar verdosas colonias de líquenes.
Apartó con el pie una piña de ciprés de las muchas que jalonaban el senderillo que llevaba al huerto. La luna, asomando entre las nubes, ponía intermitencias de luz en la negrura de la noche. «Ven, muerte amiga, ven, dulce muerte, ven», le canturreó la voz interior, mientras sus pasos hacían crujir la gravilla del camino bajo los pies.
La cancela, al abrirse, produjo un quejido triste, de hierro oxidado. El aroma intenso de los dondiegos lo envolvió como un remolino de almizcle y jazmín. Avanzó por entre los macizos con paso firme, dejando que la contera metálica del bastón, que nunca utilizaba como apoyo, marcase un ligero surco en la tierra; una fina línea que, como el hilo de Ariadna, trazaba el camino de retorno del laberinto.
Salvia, menta, mejorana, orégano, espliego, cantueso… ejecutaban una sinfonía de aromas que escarchaba la noche de fragancias. La ruda, señora de un apretado espacio de estrellas amarillas listas para la cosecha, lo vio avanzar hacia ella por el sendero. Se detuvo en silencio y, agachándose hasta alcanzarlos, acarició levemente, con ternura, los arbustos.
«Ven, muerte amiga, ven, dulce muerte, ven», volvió a cantar la voz que le vivía dentro, mientras el filo de la navaja segaba los tallos. Las nubes pasaban rápidas, poniendo jirones grises en un cielo negro, huérfano de luces. «Ven, dulce muerte, ven», insistía la voz y él, como un autómata, seguía cosechando luto.
El viejo Israel se irguió en toda su estatura. En su mano izquierda apretaba el manojo de ruda olorosa. Cerró la navaja presionando el muelle contra el muslo y la guardó en el bolsillo. El bastón esperaba apoyado en el muro. La noche se abrió a la luna y los arriates se llenaron de luz. El sacristán recuperó su báculo y, con paso lento, comenzó a desandar el camino. La oscura letanía de esa voz interior seguía, machacona, grabando a fuego en su cabeza la misión que el destino había dispuesto para él: «Ven, muerte amiga, ven». Y así, consumido por ese infierno interior, dio la espalda a la noche, adentrándose en el dormido claustro de Santa Afra.
Mientras eso ocurría, en la penumbra de un despacho cuartelero, dos hombres compartían vigilia y una mediada botella de Suntory Kakubin, porque al comisario Cruces le apasionaba el güisqui japonés.
―Ni una sola pista, Alfredo, estamos como el primer día; quien quiera que sea es meticuloso y sabe lo que hace. Las autopsias han dado con el veneno, sí, pero no hay más: no parece que les haya sido suministrado con la comida o la bebida, tampoco hay huellas de lucha, no se defendieron. Puede que haya sido por inhalación, algún tipo de aerosol, una forma de gas.
Mambo, en silencio, deslizó un dedo alrededor de la boca del vaso, en un movimiento circular, rumiando lo que ya sabía, sin necesidad del informe de Cruces.
―Vamos a ciegas, Ramiro, pero en algún momento cometerá un error. Sabes tan bien como yo que estos casos dependen de eso o de un golpe de suerte, lo que antes llegue, pero desvelaremos el misterio, te lo aseguro.
»¿Y esa monja tuya? Te empeñas en dejarla al margen, pero es lo único que tenemos, Mambo. Estás apostando fuerte, chico, no dejes que las emociones te impidan hacer bien tu trabajo.
El comisario rellenó los vasos y encendió un cigarrillo. Un destello de luz iluminó la noche que se asomaba, discreta, por la ventana; el trueno que siguió después terminó de certificar la tormenta.
―A Lola ya la hemos investigado: no es la asesina; además, en el último muerto, yo soy su coartada. En esa botica solo hacen perfumes y cremas, ungüentos de belleza, nada que sea peligroso. El único nexo de unión que tiene con las muertes son los aromas, pero cualquiera en el colegio tiene acceso al laboratorio y las fragancias no están bajo llave; eso no mata, Ramiro.
Tomó un sorbo de güisqui y se levantó para estirar las piernas; el hormigueo del muslo no lo dejaba y, de vez en cuando, exigía algo de movimiento.
―Tus argumentos me sirven ―puso el comisario su mano fría sobre la frente tratando de aliviar el cansancio―, yo tampoco creo que esa monja sea la causante de las muertes, es demasiado evidente, pero has hecho mal enredándote con ella en esa relación; procura que no trascienda porque podría volverse en contra tuya.
Mambo se encogió de hombros, volvió a sentarse y cogió el vaso con ambas manos, mirando fijamente su contenido, sin decir palabra, como si estuviera esperando que de los destellos de luz caramelizada que emitía el licor pudiera llegar la respuesta de algún oráculo salvador.
―Me arriesgaré ―dijo tras un largo sorbo―, esa mujer lo merece, tiene carácter. Ríete de mí, si quieres; eres al único que se lo permitiría, pero me ha hecho recordar cosas que creía olvidadas y eso me agrada.
El comisario Cruces asintió con la cabeza. El cigarrillo que había encendido estaba prácticamente consumido, olvidado en medio de un cementerio de colillas; lo apuró de una calada, aplastando la pava en el cenicero.
―En fin, esperemos a ver qué dice la autopsia del último fiambre; ojalá tengamos suerte y nos abra alguna puerta, porque estamos ante otro escenario limpio, inmaculado, ni un puto pelo ha dejado el jodido sicópata. ¡Redios, parece que estuviéramos lidiando con un fantasma!
Los dos hombres guardaron silencio. Fuera, la tormenta había dejado su sitio a una noche oscura, sin luna.
―Como ya he dicho, a veces, casos como este se resuelven con un golpe de suerte, tú lo sabes, así que no perdamos la esperanza. Pero será mejor que lo dejemos por hoy ―aventuró Mambo amagando un bostezo―, estamos cansados, algo borrachos y el sueldo obliga hasta donde obliga; quizás la mañana nos traiga alguna novedad.
―Tienes razón ―concedió Cruces abandonando la poltrona, después de apurar el último trago de güisqui―; vamos, te acerco a casa.
El guardia de la puerta se cuadró al paso del comisario, que, sin detenerse, le devolvió el saludo llevándose dos dedos a la frente; Mambo limitó el protocolo a un simple gesto de cabeza.
―Ya refresca, Ramiro ―dijo subiendo la cremallera de la cazadora hasta el cuello.
Cruces gruñó algo parecido al asentimiento y los dos, como si ese fuera su destino, se dejaron absorber por la noche.

