Pero, ¿qué quieres que haga? Son cosas suyas, yo solo soy su instrumento, un mandado, como si dijéramos.
«Y de todo lo que vive, de toda carne, dos de cada especie meterás en el arca, para que tengan vida contigo; macho y hembra serán.» Aquí lo pone, Naamá, mujer, ¿ves? Génesis 6:19-20. Bastante tengo con este come come, que me tiene los bajos en carne viva.
No, no pillé las pthirus pubis en un putiferio de Babel. Venga, va, ladillas, como quieras; yo era por darle a la cosa un tono menos ordinario, vida mía; además, hace mucho que no bajo a Babel, aquello se ha convertido en un sindiós, no hay quien se entienda.
Sé razonable, Naamá, por tu madre, no me vengas a estas alturas con que quieres el divorcio. Ya sé que te las pegué, no tengo perdón, pero, hija, es que cuarenta días y cuarenta noches allí metidos, oliendo a choto y sin otra cosa mejor que hacer. Además, todavía no estaba sintetizada la permetrina y afeitarse no era una opción; había que hacerlo a cuchillo, no como ahora; se te iba la mano y, para qué contarte, la jodías, pero bien.
Naamá, por nuestros hijos, venga, mujer, que son muchos años y las hemos pasado putas. Te lo tenía que haber dicho, sí, y aguantar la cuarentena, pero éramos jóvenes, tú estabas muy jamona, reconócelo, las hormonas, esas cosas… Hazte cargo.
Además, que es un incordio todo, piénsalo, partir el patrimonio por la mitad; ¿cómo lo hacemos?, ¿los leones para ti, las cebras para mí?, ¿tú te quedas con las hembras y yo con los machos? Un desatino, mi amor, un desatino, piénsalo bien.
Y queda el arca, ¿qué hacemos con el arca?, ¿la partimos por la mitad?, porque a mí el gusanillo de navegar no hay quien me lo quite. Fines de semana alternos, puentes y festivos señalados a negociar y compartimos gastos, reina, que tú no sabes lo que come la jodida barca; solo el amarre sale por una pasta.
Sé razonable, vida mía, que no te los he puesto. Ladillas, ladillas, qué más dará, cariño, déjalo estar, que a estas cosas, cuantas más vueltas se les da, peor, porque puestos a todo, corazón, yo te las pegué a ti, mal, de acuerdo, pero siendo como soy un hombre temeroso del Señor y que no ha conocido más mujer que tú, ¿me quieres explicar cómo se ha extendido la plaga?
Ah, coño. Pues eso, mi amor, lo que yo digo, pelillos a la mar y a quien Dios se la dé…

