Hala, ya hemos dado una vuelta completa al calendario, la Navidad llama a la puerta y yo con estos pelos.
Si es que me lo veía venir, tú todo es dejarlo para mañana: que si todavía queda; mujer, ya veremos; si eso, lo vamos hablando; nunca tienes tiempo para abordar el tema, y cuando te quieres dar cuenta ya está el lío montado. Pues que lo sepas, José Luis, esta vez paso de ir con tu familia, estoy de cuñados hasta el putiglán, a tu madre le salen los asados como el culo, y lo de tu abuela del año pasado… ¡Por Dios, qué bochorno! Vamos, ni muerta.
Y no será porque no os lo avisé: «Quitarle a la yaya el pacharán, que se ha pimplado ella sola una botella de El Gaitero». Pero tu padre venga a darle alas: «Para una vez que sale de la residencia, déjala que disfrute». Desatada estaba, la jodida vieja, no veas qué pedo. ¿Y de dónde sacó los condones? Empeñada en inflarlos, como globitos: «para darle marcheta a la fiesta», decía la muy bruja.
Hijo, no sé yo esa residencia, pero eso de que monten despedidas de casadas cada vez que les casca un marido, qué quieres que te diga, no lo veo normal. Anda, y que no la montó gorda cuando vino tu sobrino para felicitarnos las fiestas. Pobrecico, que se escapó del cuartel de bomberos, porque le tocaba guardia, criatura, en esas fechas.
Con todo el equipo se presentó: casco, chubasquero, botas, y tu abuela, desaforada: «¡Los boys, los boys, que han llegado los boys!», gritaba, y se lanzó, como una loba, a meterle un billete de veinte euros por la bragueta.
«Abuela que es Ricardito, tu nieto, que no es un boy», le gritaba tu madre, y la otra ni caso, enganchada al paquete del chaval como si le fuera la vida en ello. Casi tuvimos que llamar al resto del retén para que vinieran a rescatarlo. ¡Qué vergüenza, José Luis, qué vergüenza! ¿Y qué me dices de Angelines, la mujer de tu hermano? Empeñada en hacernos una demostración de sus avances en lo de la danza del vientre.
Se había apuntado a un curso en el centro municipal del barrio y estaba toda entusiasmada. Ella, que siempre ha sido de natural tripuda, culibaja y con tres embarazos a cuestas, mientras su marido, hecho un lorzas y sudando Jonnie Walker por todos los poros de su cuerpo, le hacía los ritmos con el cajón, en camiseta y con los gayumbos a media asta, enseñando hucha peluda. Menudo espectáculo. Allí se quedaron los langostinos, se me cerró el estómago, no hubo manera.
¿Y del salido de tu tío Anselmo, que con la excusa de que está senil nos tiene a todas martirizado el culo a pellizcos? «¡Ay, no tenerselo en cuenta, pobre!», intercede tu madre, porque es su hermano, pero la fama de tocón le viene de lejos, que por mal nombre, los conocidos le pusieron Anselmo Manos Tijeras; por algo sería. Ay, José Luis, no te lo tomes a mal, pero tu familia es de traca.
Pero este año no me pillas, corazón, nos miramos un hotelito con encanto en la sierra y a la tribu que le den una vuelta, José Luis, cariño, que una retirada a tiempo suele terminar en victoria y más con semejante panorama.
Hazme caso, no me toques los ovarios y tengamos la fiesta en paz, amor mío.

