RELATOS

La letra pequeña

El funcionario presionaba nervioso el mecanismo retráctil del bolígrafo. Solo el «clic, clic» continuado rompía el silencio denso que reinaba en la habitación, asfixiante, duro, casi palpable, como un muro de concreto. Conchi se aferraba con fuerza al brazo de Hilario, que, incapaz de disimular su ansiedad, seguía con la mirada el hipnótico movimiento del dedo sobre el botón.

In memoriam

Se te llenaba la boca diciendo que te casaste conmigo porque me hice la estrecha cuando empezamos a festejar: lo que no sabes, pobrecito mío, es que de aquella, mi primo Enrique, sí, el de Cuenca, andaba más listo que tú y siempre te cogía la delantera. Pues claro, ¿qué te pensabas?; y de vez en cuando la trasera. ¡Ay, sí, no te espantes por el parentesco, que lo es en tercer grado! Ni te hagas el ofendido, que si echamos cuentas, en lo de ponernos los cuernos, vamos a pachas. ¡Hijo, qué poco moderno eres! Que nos quiten lo bailao.

Perdedor

El hombre gordo parece enfrascado en la lectura del currículum que le acaba de dar Lucio. El brillo de su calva no es el efecto de una cuidadosa pasión por la estética, sino un exceso de grasa que emplasta sobre el cráneo cuatro pelos huérfanos todavía resistentes a la alopecia, dándole al conjunto el aspecto de un grimoso paso de cebra. Una reseca mancha de huevo en la camisa, proclama a los cuatro vientos que el almuerzo ha sido generoso en proteínas.

El canto del cisne

¡Cuántos recuerdos duermen en estas gradas carcomidas por el tiempo! Allí, en ese muro desgastado por el salitre, aún puede reconocerse el retrato de Juana, «La Negra». Lo pintó el hijo del panadero, el primer grafiti que se hizo en el pueblo. El chico estaba enamorado de ella; todos estábamos enamorados de la Negra.