El papel le temblaba en las manos. Ella lo había dejado sobre la mesa antes de cerrar la puerta despacio, con culpa, ensayando una última y desesperada súplica de perdón. Allí quedó como un despojo, un salvavidas de espuma dura al que aferrarse en medio del naufragio, el ojo de la aguja que debería atravesar el indulto.
Se sirvió un vaso largo de Yamakazi. Con una sonrisa amarga hubo de admitir que compartían la misma devoción por el suntory: «Qué manía tienen los japoneses con occidentarlo todo, hasta el güisqui», pensó.
La letra era menuda, apretada, con un orden impropio de Laura. Se dio cuenta de que era incapaz de reconocerla como suya, de ella. Cuando se comunicaban a distancia, lo hacían siempre por WhatsApp, algo cotidiano, natural, subsumido dentro de la relación; pero aquella ortografía artesana, algo tan personal e íntimo como la escritura de su pareja, le era totalmente desconocida; una vía de comunicación inexplorada.
La nota asumía el error, la traición, la culpa; era un intento visceral de ofrecerse en sacrificio, para obtener el perdón invocando el rédito de una historia compartida: sueños, ilusiones, compromiso; un entramado de vida y amor establecido ladrillo a ladrillo a través de los años. Algo que Laura había quemado en la hoguera sucia de una pasión absurda, que ahora juraba extinguida.
Arrugó el papel en sus manos, con rabia, haciéndolo una bola compacta, prieta, como la náusea que le abrasaba el esófago pidiendo la redención del vómito, y lo tiró lejos. Se asomó a la ventana. La tarde se dejó contemplar con un bostezo cansado. A su espalda, la casa ya no latía como antes; apenas se dejaba sentir. Dirigió sus pasos a la habitación tantas veces compartida. Todavía conservaba su perfume, pero en el armario abierto, las perchas vacías eran una certificación del fracaso.
Volvió con el vaso de güisqui en la mano. El salón empezaba a coquetear con las sombras. Bebió un trago largo sintiendo cómo el alcohol se abría paso en su garganta como un río de lava que le abrasaba las entrañas. Con los ojos cerrados se dejó llevar a un espacio todavía caliente de recuerdos.
―¡Oh, Dios, cuánto la quiero!― le gritó al vacío, incapaz de seguir engañándose.
Con ansiedad febril buscó en el suelo la bola de papel, el último mensaje de Laura, el más íntimo, manuscrito con culpa, remordimiento, pena y la súplica de un perdón que se resistía a decir adiós.
Lo fue desarrugando con mimo y cuidado de no romperlo, como si por cualquier fisura se le pudieran escapar los sentimientos. Lo alisó con dulzura sobre la fría superficie de mármol de la mesa, una y otra vez, hasta que su contenido de nuevo se hizo comprensible.
«Alicia, te he hecho daño y no merezco tu indulgencia, pero eres lo mejor que me ha deparado el destino, la luz de mi vida, mi esencia, mi amor. Perdóname».
Así, con esa súplica final, ponía Laura en sus manos el destino de las dos. «No es justo», se dijo, a sabiendas de que no deseaba otra cosa que perdonar. Las marcas del papel, pliegues torcidos, seguían allí: cicatrices que ni la mejor intención podía borrar. Como la traición que lo había dejado todo herido, pero vivo.
Apuró el resto del güisqui sin saborearlo. Ardió. No lo agradeció.
Desde la ventana, la noche ocupaba la calle con paciencia antigua.
Pensó en perdonar a Laura. Pensó en no hacerlo. Ambas cosas le parecieron igual de definitivas.
Al final apagó la luz y dejó la nota donde estaba.
Por la mañana decidiría.
Las cicatrices —lo sabía— no desaparecen: solo aprenden a convivir con la luz.


Me encanta tu forma de escribir. Ese cierre que nos deja pensando en las propias cicatrices y como convivimos con ella. Yo suelo decir lo mismo de las decisiones. Lo difícil no es tomarlas, es vuvir con las consecuencias. Gracias por la lectura. Siempre tuya, está admiradora de las letras que sangra tu mente.