Salgo de casa de buena mañana; quiero tomarme mi café con leche y una porra. Hace mucho que me declaré insumiso ante los protocolos médicos castradores, esos que te estabulan en función de lo que marque tu calendario vital.
Como soy un viejo tuneado, además del marcapasos y la prótesis de cadera, disfruto de la Danse Macabre a través de mis auriculares orejeros; antes que angustiarme con cualquier informativo matutino, prefiero alienarme con una buena dosis de Saint-Saëns en vena.
En el portal me cruzo con Elsa. Viene a casa tres veces por semana y me echa una mano con la limpieza. Si te digo la verdad, no es que se esmere mucho, pero a mí me sirve y sé que en su pueblo, allá, al otro lado del Atlántico, tiene obligaciones que esperan con la boca abierta, como polluelos en nido, la transferencia de cada mes.
Nos intercambiamos saludos y el parte de guerra, todo rápido, sin ceremonia; ella siempre va con prisa; después de la mía tiene que ir a quitar mierda en una docena de casas más. «Bendiciones doñito», me dice y se catapulta hacia el ascensor ―tiene llaves de mi piso―. Nunca sé si es ella la que me bendice o solo hace de intermediaria.
Pongo un pie en la calle y casi se me lleva por delante un jovencito en patinete que circula por la acera a toda velocidad. Lo increpo y me enseña el dedo corazón de su mano derecha a modo de respuesta. En la espalda de su camiseta negra se lee claramente: «Jesús te ama» y estoy a punto de cagarme en la madre del tal Jesús, pero caigo en la cuenta de que no es así como se llama mi agresor, que solo se trata de un eslógan mal llevado, mercadotecnia eucarística en valla equivocada, por decirlo de algún modo, y yo que, como buen ateo, soy respetuoso con las creencias de los demás, me contengo y lo dejo estar.
Leo el periódico mientras remojo la porra en el café.
En la Argentina de Milei ya es posible la jornada laboral de doce horas diarias, el despido es más barato y se recorta drásticamente el derecho de huelga.
El secretario de Estado de los USA, hijo de cubanos establecidos en Florida, se cisca en las políticas europeas de inmigración y cambio climático porque, según él, conducen a la desaparición de la actividad industrial.
En Gaza la situación humanitaria es desesperada, la ONU ha declarado la hambruna y todos los niños menores de cinco años están en riesgo de desnutrición aguda. Mientras, Israel sigue bombardeando hospitales, Amnistía Internacional denuncia el genocidio como voz que clama en el desierto, y Trump continúa empeñado en despejar la zona de palestinos para convertirla en la «Riviera de Oriente Próximo», un destino turístico de lujo.
―Niño, ponme otro café, con unas goticas de anís. ―Levanto la mano sin separar los ojos del papel, esperando que el cordial sirva para anestesiarme el alma.
Todo esto se veía venir cuando a finales del 89 se fue al carajo el muro de Berlín y los neonazis del este cubrieron de esvásticas Alexanderplatz.
―No se trata de qué sociedad queremos, sino cuál nos imponen y si estamos dispuestos a vivir en ella aunque sea a fuerza de cuidados paliativos ―comenta Dioni, el camarero, dejándome el café sobre la mesita.
Estoy tan ensimismado con el periódico que no me doy cuenta de que leo en voz alta. Cosas de viejo. Todo esto, junto con lo del agresor en patinete del principio, me recuerda que cuanto antes me baje del tranvía, mejor, y como pese a que soy propenso a la arritmia cardíaca, el índice de colesterol me sale dentro de rango, le pido al Dioni un par de porras más, porque, visto lo visto, la obstrucción arterial es tan buena solución como un tiro en la boca, pero menos bruta y da más gustico.

