La liebre
De joven me fascinaban los combates de boxeo. Había velada todos los sábados por la noche, en la plaza de toros, y se hacían apuestas. Peso pluma. Hernani I & El Potro de Entrevías. Prefería los pesos ligeros, eran más vistosos; los mastodontes del peso pesado se movían como hipopótamos en una charca. La noche del sábado era especial.
Todo es relativo
La habitación huele a tabaco viejo. Hay ceniceros por el suelo repletos de colillas, que debería haber vaciado hace mucho y un poco de Bluecoat en la mesilla de noche. Tengo sed, pero ir al otro lado oliendo a ginebra barata no parece una buena carta de presentación. ¿Cómo será la nada?
En cierta ocasión, en el metro, sentada junto a mí, iba una mujer madura, de color. Antes podía sentirse orgullosa de ser negra, pero hoy prima lo indefinible, nadie quiere tomar partido y por eso los fascismos están ganando.
Little Mary
Llevo con la tontería desde las cinco de la tarde, Marieta, y son…, ¡hostias, las dos menos cuarto de la madrugada! Panel de control. Y seguro que estás echándole horas al balance con Johnny, el de Wisconsin. Fundido a negro. ¡Joder con la alegoría! ¡La madre que te parió, littel Mary! Reiniciar. Yo, aquí, con el Spotify; violín concerto Op. 35 de Tchaikovsky, en plan moñas, ¿y tú qué…: Mahler, Rostropóvich, Wagner, la cabalgata de las valquirias, quizás?
En el año 3000. (Una distopía sexual)
«La promiscuidad es algo que los humanos comparten con la inmensa mayoría de animales que pueblan la Tierra. Apenas una docena de especies, de entre millones, son monógamas: tórtolas, pingüinos, cisnes…, conforman la excepción a una regla universal».
—Cariño, ya estoy en casa —anuncia Pablo nada más cerrar la puerta, mientras deja las llaves en una bandejita de cuero sobre el recibidor de la entrada.
Marisa aparta la vista del televisor, baja el volumen y alza una mano a modo de saludo.
—Hola, mi amor. ¿Cansado?
Como os lo cuento.
«Te dije azul, Antoñito, azul, príncipe azul, coño, y este es más negro que las gónadas de un grillo». Recuerdo ese día como si fuera hoy, pobre Antoñito, qué bronca se llevó.
Tenéis que entenderme, ser el padre de la Bella Durmiente no resulta fácil, es para vivirlo, que visto así, desde fuera, todo parece muy bonito, pero tener a la niña tumbada en el sofá, todo el día sobando y sin dar palo al agua… Vale que es un hechizo, que le puede pasar a cualquiera y tal y cuál, pero son muchos años así, oye, en mi pellejo os querría ver. Pone de los nervios al más templado.
Que son tres días…
¡Ay, Agustín, cariño, qué razón tenía tu madre! Os tenga Dios en su gloria.
A ver, tú sabes que nos teníamos atravesadas la una a la otra, cosas de familia, pero eso no quita, oye, para admitir que la mujer estaba en lo cierto con lo del algodón, por más que lo llevara yo mal por aquel entonces: «Angelines aquí hay lardo», decía la hijaputa mientras pasaba el trocito de guata por el baldosín de la cocina sacándome los colores.
Se me revolvían los adentros, mi vida, lo sabes, y nos costó a los dos estar de morros más de una vez, aunque acabáramos haciendo las paces —tú más que yo, todo hay que decirlo—, en el catre.
