Huelga de Luna
«Contigo, hasta la luna se siente un simple foco de callejón: sin magia, sin chiste». Pero a ver, tarado, si la jodida es bizca, garrosa y le canta el alerón. A ti lo que te pasa es que no mojas desde la toma de Troya, andas más salido que la lengua de un perro y con tal de tocar pelo te enganchas a un cepillo.
Doble ciego
Chilines vivía arrejuntado con Maruja «La Sastra» en una buhardilla del callejón de Las Cuatro Esquinas. Ella era una mujer vivaracha, con mal carácter, que iba por las casas de la vecindad haciendo labores de modista, mientras procuraba mantener las constantes vitales del domicilio conyugal; luego, al atardecer, se pateaba las tascas del barrio hasta dar con el ciego, que a esas horas, doblemente entre tinieblas, tenía muy complicado encontrar solo el camino de vuelta a casa.
¿El cartero siempre llama dos veces?
En la Inglaterra victoriana, el cartero anunciaba su llegada con un toque en la puerta; si traía un telegrama eran dos y eso presagiaba malas nuevas. Los telegramas eran caros, por lo que solo se usaban para comunicar noticias importantes, casi siempre la muerte de algún familiar. Por eso, que el cartero llamase a la puerta dos veces, solía poner de los nervios a la gente. Hoy en día, desde que se implantaron los buzones comunitarios, ya no es preciso que llame a tu puerta, aunque también resulta inquietante que lo haga, porque significa que trae una multa de tráfico o alguna notificación del fisco.
Vivir del cuento
Al frente del grupo, como coach y moderador, estaba José Cristino I, Rey Pretérito de Rabbitland. Unos asuntillos de faldas y comisiones de tapadillo le obligaron a dejar la corona en la testa de su hijo, pero ahora vivía de las rentas, lo tenía todo en letras del tesoro, bonos del estado, fondos públicos, vaya, y se había retirado a vivir a la costa, en casa de un primo lejano que le prestaba el chalet.
España 1921
Dos mil pesetas costaba redimirse de soldado, lo que no ganaba un hombre en tres años; en eso estaba salvar el pellejo o jugárselo a cara o cruz en las montañas del Rif y por no tener dos mil pesetas, le reclutaron al hijo. No es menester morirse para llevar el infierno pegado al corazón, quemándole el bolsillo de la zamarra, en forma de una carta renegrida, ya de tanto sobarla; una carta que nunca podrá leer, porque ninguno de los dos, ni María, ni él, saben hacerlo.
No le des más vueltas
«Dirán lo que quieran, pero esta es la mejor hora del día para echar la siesta del carnero, nada más almorzar. ¡Jesús, María y José, cómo estaban los torreznos! Aquí, al arrullo del confesionario, con este solecito mañanero que adormece el espíritu colándose por la celosía de la ventanita, el lardo todavía caliente esmaltándote los labios y ese dulce regurgitar del carajillo de anís, que se te viene a la boca con cada regüeldo. ¡Señor, qué paz!»
